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Fama sin méritos

Mauricio García Villegas

08 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.
“Nuestro nuevo presidente promete más de lo mismo: jactancia, imagen y espectáculo desconectados del mérito”: Mauricio García Villegas
Foto: Santiago Ramírez Marín
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Hacemos méritos para que nos admiren y ese ha sido, desde siempre, el orden lógico de las cosas: primero un acto valioso, luego el reconocimiento como recompensa. Pero en los tiempos que corren, esa conexión milenaria ha dejado de existir: la admiración se ha independizado de la virtud y la gente busca fama sin mérito o con méritos embusteros: ricos endeudados que aparentan fortuna, atletas dopados, celebridades de reality show, cuerpos esbeltos pasados por el quirófano. Otros buscan fama por medios ridículos, como tomarse una selfie al borde de una catarata, o con la cara metida en las fauces de un león. Todo esto hace parte de lo que hoy se llama la “economía de la apariencia”, que convierte la auto-exhibición en una forma de existencia. Por causa de ello, y con la ayuda de la tecnología digital, muchos exhibicionistas sin talento se han empoderado hasta el punto de gobernar países, dirigir empresas o fungir de héroes o profetas. Es verdad que la fama no siempre ha estado ligada al mérito, pero lo que hoy está pasando es que hemos normalizado el hecho de que no tengan nada que ver.

¿Dónde está el origen de esa transformación? En el triunfo del yo sobre la realidad. Poco a poco, a lo largo de los últimos dos siglos, el mundo se ha ido desencantando: los dioses, las ideologías, los partidos, las colectividades, han perdido su hechizo, su poder de convocatoria, y el individuo se ha ido entronizando. Antes venerábamos el entorno, la colectividad y lo desconocido, ahora solo reverenciamos lo que pasa, caprichosamente, por la mente del sujeto. Ya ni siquiera es el ideal del yo auténtico, en el que creían los románticos y los existencialistas, sino del yo hedonista y fatuo que solo busca que lo vean, que lo reconozcan, que le den un like. Lo digo con palabras de Lipovetsky: “la autenticidad se ha despojado de cualquier idea de virtud y elevación. Hemos pasado de una cultura del deber hacia uno mismo a una de la felicidad de ser uno mismo”. En estas circunstancias, la lógica del mérito reemplaza la lógica del comercio y el yo es una marca (personal branding) que se vende con publicidad y se cobra con aplausos.

Nada como la política para apreciar este fenómeno; Donald Trump inaugura estatuas de oro con su efigie, ordena construir un salón de baile dorado de 30 mil metros cuadrados, se propone levantar un arco del triunfo, un jardín de héroes americanos y no tiene empacho en decir que es el mejor presidente de su país y un líder mundial injustamente despojado del premio Nobel de la paz.

No está solo en su pedantería: Vladimir Putin se compara con Pedro el Grande; Bukele dice que es el presidente más guapo del mundo; Narendra Modi (India) logra que uno de sus ministros diga que es un gobernante “sobrehumano con rasgos divinos”; Javier Milei difunde memes en los que aparece como un león monumental, dorado y heroico que salva al país de sus enemigos (Nicolás Maduro hacía algo parecido, pero su personaje se llamaba Súper bigote, héroe musculoso con capa azul y traje rojo); Daniel Ortega, dictador vitalicio de uno de los países más pobres del mundo anuncia la creación de una “secretaría nacional para asuntos del espacio ultraterrestre, la Luna y otros cuerpos celestes” y Petro, en Colombia, se presenta como el continuador de la obra de Simón Bolívar y, a pesar de todos los escándalos que afronta, sostiene que “pasará a las páginas de la historia como uno de los mejores gobiernos de la historia de Colombia”.

Me temo que nuestro nuevo presidente promete más de lo mismo: jactancia, imagen y espectáculo desconectados del mérito. Ojalá me equivoque.

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