El vicepresidente de los Estados Unidos, J. D. Vance, le dijo esta semana al papa León XIV que tuviera más cuidado cuando hablara de teología, con lo cual respondía a la afirmación papal de que “los discípulos de Cristo nunca están del lado de quienes en su día empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”. La réplica de Vance tiene el nivel de desatino que tendría, por ejemplo, la de un cocinero que le dice a un matemático: “cuando hables de aritmética ten más cuidado”.
A propósito de teología, también la semana pasada, Trump puso en su red social una imagen, creada con inteligencia artificial, en la que aparece como el mismo Jesucristo sanando a un enfermo. La indignación de sus propios seguidores fue tal que Trump la retiró, no sin antes “aclarar”, impávido, que en esa imagen él representaba a un médico de la Cruz Roja, no a Jesucristo, y que si la gente había visto otra cosa era por causa de las fake-news.
Pues sí, a esos niveles de absurdo estamos llegando en esta torre de Babel política en la que ya no se sostienen ideas, sino que se ensartan disparates y nada como el ámbito republicano estadounidense para encontrar esos desafueros. Pero no solo en los Estados Unidos está ocurriendo eso. Dado que ganar elecciones tiene su técnica, más aún, depende de una tecnología comunicativa que inventaron los gringos, muchos políticos alrededor del mundo vienen copiando lo que ellos hacen. En los tiempos del brexit, Boris Johnson dijo que el Reino Unido enviaba 350 millones de libras semanales a la Unión Europea, lo cual era evidentemente falso; Jair Bolsonaro sostuvo que el Covid-19 era una simple gripecita (a propósito, por esos tiempos Trump propuso inyectar con desinfectante a los pacientes de COVID para curarlos y Bolsonaro sostuvo que las vacunas podían convertir a los pacientes en caimanes); Petro dijo que en su gobierno se ha incautado más cocaína que en toda la historia mundial; Nicolás Maduro aseguró que hablaba con un pajarito que encarnaba a Hugo Chávez y Manuel López Obrador mostró, en sus “mañaneras”, amuletos religiosos que lo protegían del Covid-19. No importa el color ideológico, solo vale llamar la atención y despertar los odios que llevan a la gente a las urnas.
Muchos, claro está, ven esas afirmaciones como lo que son, una pifia o una payasada, pero eso no tranquiliza porque los dislates calan hondamente en la mente de los crédulos. Así las cosas, la pregunta relevante para la democracia actual no es ¿cómo es posible que ganen elecciones a pesar de decir tantas mentiras?, sino ¿en qué medida esas mentiras se han convertido en parte esencial de sus victorias? El fracaso de la verdad se ha vuelto funcional y eso hace que la política se haya convertido en un ejercicio de comunicación entre gobernantes díscolos y ciudadanos crédulos, no en una conversación entre gente razonable
Acabo de leer, con mucho agrado, El rugido de nuestro tiempo, el último libro de Carlos Granés, en el que muestra cómo, en las últimas décadas, la cultura se ha encasillado en las murallas de lo “políticamente correcto”, mientras que la política abraza todos los despropósitos y rompe todos los diques de sensatez. En ambos casos, dice el autor, la corrección de la cultura y la incorrección de la política, el resultado es pésimo.
Lo que muestra Granés es la capacidad de la política actual para invadir todo, para capturar saberes y creencias que eran autónomos, independientes, como la cultura, y ahora la religión. Por eso vemos a un vicepresidente alucinado dándole lecciones de teología al papa. Esto es lo que los viejos de antes llamaban insolencia.