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La campaña de las emociones tristes

Mauricio García Villegas

16 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.

En la actual campaña presidencial se libra una competencia política entre, por un lado, la izquierda, que quiere continuar el legado de Petro y avanzar en las reformas sociales que se quedaron a mitad de camino y, por otro lado, la derecha (dividida en dos), que quiere mano dura contra la delincuencia, eliminar la política de Paz total y, claro, recuperar el poder. Esta es la explicación que, con matices, circula por los noticieros, los periódicos y la mente de los votantes.

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Pero hay una manera distinta de entender esta campaña, que no pone el acento en las ideologías ni en las propuestas de gobierno, sino en las emociones que subyacen a todo eso, es decir, en el subsuelo pasional que mueve, como capa tectónica, el voto popular.

Según esta explicación, hay un enfrentamiento entre dos partes de la sociedad, cada una alentada por lo que Baruch Spinoza llamaba “emociones tristes”, es decir, odios, envidias y resentimientos, que funcionan como enemigos complementarios.

La primera se siente agraviada por las élites políticas y económicas, por la manera indolente como han gobernado este país: de espaldas a las clases populares, apoltronados en Bogotá, desdeñosos de los campesinos y de las minorías y, como si esto fuera poco, complacientes con la violencia paramilitar y el poder terrateniente que la sustenta.

La otra parte se siente ultrajada por la izquierda, por sus simpatías (del pasado) con la guerrilla, por su tolerancia con el crimen de todo tipo y por su menosprecio por el progreso económico; y, más recientemente, por el presidente Petro, por su encono contra los ricos, su arrogancia ampulosa, su discurso guerrerista, su clientelismo descarado, su incompetencia para administrar los asuntos públicos y, cómo no, su impudicia para exhibir las ruinas de su vida privada.

Las dos versiones no son excluyentes, pero, desde el punto de vista histórico, la emocional revela mucho (no todo, por supuesto) de lo que nos ha ocurrido y nos sigue ocurriendo. Don Carlos E. Restrepo explicaba los conflictos del siglo XIX como una reincidencia de “los viejos queridos odios” entre liberales y conservadores, y algo similar se puede decir de los odios de izquierda y derecha en el último medio siglo.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo XIX, pero hay algo sigue en pie: el aborrecimiento que se prodigan los bandos opuestos en la arena política. Es cierto que hoy la sociedad es más tolerante y que las instituciones han superado la prueba de un gobierno de izquierda que no ha dejado de dar motivos para empujar la rabia. Pero esos progresos pueden quedar en nada, sobre todo si prospera el embeleco (tan propio de los políticos radicales) de convocar a una asamblea nacional constituyente. También es cierto que no solo en Colombia la política engendra odios (ahí están los Estados Unidos para probarlo), pero aquí, por una especie de atavismo belicoso que viene desde la época de los caudillos, se pasa del odio a la violencia con una facilidad pasmosa, como lo demuestra la tragedia del asesinato recurrente de líderes sociales.

Por estas razones voy a votar por Sergio Fajardo, con la esperanza de que llegue al poder un gobierno sereno, sin sobresaltos ni delirios de grandeza; un gobierno que rescate la educación y la ciencia, que tenga presencia en las regiones, que respete la Constitución, que no se dedique a pagar favores políticos y que les reduzca el voltaje a las emociones tristes de la actual campaña presidencial.

P.S. Esta columna no refleja la opinión de Dejusticia, institución en la que trabajo, y en la que no hay consenso sobre este tema.

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