Cuando los cruzados invadieron Jerusalén, en 1099, asesinaron a 30 mil personas y proclamaron la victoria del cristianismo. Roberto el Monje, un cronista de la época, dijo entonces que la conquista de la Ciudad santa había sido el evento más importante de la humanidad, solo superado por la creación del mundo y la crucifixión de Cristo. Una afirmación parecida, ligeramente más modesta (no involucra lo de la Creación), fue hecha hace poco por Ken Burns, director de un célebre documental sobre la Independencia de los Estados Unidos: se trata, dijo, “del evento histórico más importante desde el nacimiento de Cristo”.
No hay duda de que la creación de los Estados Unidos es un hecho extraordinario, no solo por lo que significó para las 13 colonias, sino por el impacto que tuvo en todo el mundo, sobre todo en Europa y en el resto de América. Nadie duda de eso, ni del talento extraordinario de los llamados “padres fundadores”, de su capacidad para diseñar instituciones ingeniosas en beneficio de los ideales democráticos.
Pero la historia de los Estados Unidos, como la de todos los países, tiene su lado oscuro, y estos cuatro hechos lo ilustran: 1) El racismo de la sociedad estadounidense, ostensible, por ejemplo, en la encarcelación masiva de afroamericanos jóvenes. 2) El expansionismo imperial, que incluye hechos como el desplazamiento (no pocas veces genocida) de los pueblos indígenas; la anexión de la mitad del territorio mexicano en la guerra en la Guerra de 1846-48 y las numerosas intervenciones en América Latina bajo la Doctrina Monroe. 3) La cultura de las armas, que hace parte de la identidad nacional, a tal punto que el derecho a portarlas (IIa enmienda) se ha convertido en un principio casi religioso. Y 4) la tendencia hacia la plutocracia, producto de un sistema económico que impuso la versión más fría y materialista del capitalismo, la que menos dispuesta estaba a ponerle límites a la acumulación de la riqueza y la que más confiaba en que el vicio privado de la codicia es la mayor virtud social.
Los países que no solo son conscientes de sus glorias sino también de sus fracasos están mejor preparados para enfrentar el futuro. Toda nación debe transitar por el pasaje estrecho que separa la autocomplacencia de la desesperanza. Eso lo sabían los padres fundadores de los Estados Unidos. Washington, por ejemplo, distingue entre el patriotismo genuino (que admite autocrítica) y el patriotismo de fachada, que se alimenta de la auto-complacencia. En el momento de clausura de la Convención de Filadelfia, cuando estaban a punto de conseguir la redacción final de un texto constitucional, Benjamin Franklin les dice a sus compañeros esto: no puedo dejar de expresar el deseo de que cada miembro de la Convención dude de su propia infalibilidad.
El llamado a la moderación de los padres fundadores parece haberse olvidado. Durante las pasadas fiestas de celebración de los 250 años, la jactancia estadounidense (no generalizada, por supuesto) ha alcanzado su límite más insospechado, con el presidente Trump en el centro de la fiesta, auto-envanecido, como queriendo decir que su llegada al poder es un evento magnífico, solo superado por el nacimiento de Cristo.
No sobra recordar aquí la célebre advertencia de Hamilton al inicio del Federalista: “entre aquellos hombres que han derrocado las libertades de las repúblicas, la mayoría ha (…) empezado como demagogos y acabado como tiranos”.