Al final de la Primera Guerra Mundial, hace poco más de un siglo, el escritor francés Paul Valéry escribió una carta pública en la que lamentaba el triste estado en el que había quedado Europa después de la conflagración mundial; ¿cómo fue posible, se pregunta el poeta, que pueblos tan desarrollados, con tanta ciencia y tanto arte hubiesen engendrado una guerra tan devastadora y absurda en la que todos perdieron? “Se necesitó de mucha ciencia para matar a tanta gente y aniquilar tantas ciudades en tan poco tiempo”; y agrega esto: “tanto horror no habría sido posible sin tanta virtud”.
Hoy, un siglo después, esas palabras vuelven a tener sentido, al menos como advertencia. Vivimos en un mundo tecnológicamente avanzado, estamos inundados de información, de máquinas y de tecnologías que nos resuelven infinidad de problemas prácticos. Sin embargo, cuando se trata de saber cómo convivir mejor, en paz y justicia social, cómo evitar el deterioro de la naturaleza, cómo garantizar un futuro próspero y seguro para las generaciones futuras, no sabemos qué hacer. Ante las guerras que nadie sabe cómo acabar, los problemas que nadie sabe cómo resolver y los odios que nadie sabe cómo apaciguar, estamos perplejos y paralizados.
¿Por qué tanta incertidumbre, tanto desconcierto? Tal vez nuestra tragedia tenga raíces más profundas. Se habla mucho de la crisis económica, de la crisis política, de la crisis ambiental, pero muy poco de la crisis intelectual de nuestro tiempo. ¿A qué me refiero? A la incapacidad que tenemos para ajustar nuestra inteligencia a los desafíos que enfrentamos.
La crisis intelectual es, en buena medida, una crisis ética, de valores. No es que la gente haya dejado de creer en la justicia, la libertad, la verdad, es que esos valores se han vuelto materia de consumo individual, una marca más de identidad, como la ropa, la música, la política o el fútbol. Lo colectivo se ha diluido en disputas políticas, en emociones identitarias. Hemos reducido la sociedad a la coyuntura, al presente evanescente de las redes sociales en el que todo es cuestión de gustos, preferencias individuales y tribales.
¿Dónde recuperar el sentido colectivo, el humanismo? Desde la época de los cazadores recolectores, el Homo sapiens depende de la religión para creer, organizarse y tener esperanza. Pero las iglesias, paradójicamente, se volvieron engañosas, políticas y belicosas. Por eso los ilustrados del siglo XVIII pensaron que la religión no debería estar en las manos de obispos y sacerdotes, sino en las de ciudadanos y funcionarios sintonizados con la constitución y las virtudes públicas. A eso le llamaron “religión civil”. La política y la fe en Dios eran importantes en ese esquema, pero no podían poner en tela de juicio las bases de la civilidad, porque los consensos debían ser más fuertes que los conflictos.
Tal vez nunca logramos eso, pero al menos lo intentamos. Hoy hemos perdido la ilusión de lograrlo, el impulso de luchar por eso.
A principios del siglo XX, cuando Paul Valéry escribe su carta, Europa había llegado a una gran sofisticación intelectual, pero había perdido su humanismo, su sentido ético. Tal vez estamos en una coyuntura similar, de creatividad individual con pérdida de los ideales colectivos. Hay que recuperar el balance entre estas dos cosas antes de que llegue la tragedia, como en 1914; para eso es necesario volver a creer en la religión civil, o en algo que se le parezca; en todo caso en una ética (ajena a la política) que una el tejido social desgarrado. Esta es mi oración de Semana Santa.