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La tercera Colombia

Mauricio García Villegas

30 de mayo de 2026 - 12:04 a. m.

Viendo lo caldeados que están los ánimos en este final de campaña me puse a releer Las armas y las letras (un libro que tengo entre mis mejores) de Andrés Trapiello, sobre escritores de la guerra civil española. Voy a citar algunas ideas consignadas en este libro con la intención de que usted, amigo lector, las lea pensando en lo que hoy estamos viviendo en Colombia. Mi invitación no es arbitraria; la historia de España y la de Colombia se parecen mucho, sobre todo entre el inicio del siglo XIX y la mitad del XX, con la misma intolerancia cerrando caminos y los mismos odios incubando guerras civiles.

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Todo empieza, dice Trapiello, con una sociedad dividida en tres (dos extremos y un centro) que termina dividida en dos. A medida que sube la temperatura del enfrentamiento, los que dudan, los que piensan que hay cosas buenas y malas en ambos lados, es decir, los de la “tercera España”, cómo decía Miguel de Unamuno, quedan silenciados, en parte porque no vociferan y en parte porque son despreciados por no enlistarse en ninguno de los dos bandos. Agustín de Foxá, un periodista nacionalista de pluma encendida decía cosas como esta: “En España hay tres clases de personas, los nacionalistas, los comunistas y los que no querían ni lo uno ni lo otro por ser afrancesados, masónicos o ginebrinos. Yo no pido que los fusilen (a esos terceros), sino que les hagan cumplir su propia voluntad: ¡Que se queden sin patria! La Nueva España no sirve para esos extranjeros vendidos”.

Todas las narraciones de esos momentos, dice Trapiello, son de una sola pieza: cada bando pretende que todo el heroísmo está de su lado y toda la barbarie del otro lado. Pero no era así; “el talento, el instinto, la prudencia, la experiencia, la educación política –dice José Castillejo, un profesor de la época– no pueden ser dotes reservados a los hombres de un partido político y negados a los otros. El nivel medio de incomprensión e intolerancia tenía que ser obligatoriamente el mismo entre los monárquicos y entre los republicanos. Es difícil creer que en media España el espíritu de justicia hubiese, súbitamente, pasado a morar en el corazón de los trabajadores, mientras en la otra mitad se hubiese vestido con uniformes militares y camisas azules. El carácter, los vicios y las virtudes de la España republicana no podían ser muy diferentes de los de la zona nacional”.

Cuando los radicales devoraron a la “tercera España” solo quedó el ruido de los odios, que dio paso al de las armas. En estas condiciones, muchos intelectuales y gente del común, hastiados de tanto dislate equidistante, se callaron o se exiliaron. Uno de ellos fue don Juan Ramón Jiménez, que decía “Yo lamento profundamente muchas cosas que han ocurrido en la España republicana (…), pero no porque hayan ocurrido tales cosas de una parte voy a pasarme a la otra, donde han ocurrido las mismas o peores cosas. Siempre estaré conmigo y con la democracia, con los demócratas dignos, con el pueblo español y con mi trabajo material y espiritual”.

En Colombia no hemos llegado a la guerra civil (ni a la tiranía) pero, viendo lo crispados que están los ánimos, lo herméticos que son los extremos (el cinismo de un lado y el dogmatismo del otro) y lo silenciada que está nuestra “tercera Colombia”, podemos estar en los prolegómenos de ese escenario. No sería la primera vez.

En estas circunstancias y en las que vendrán, hago mías las palabras de don Juan Ramón: pase lo que pase, yo estaré con la democracia, con el pueblo (que no se encabrita) y con mi trabajo material y espiritual.

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