A la mente humana le basta con creer que algo es real para que exista. No siempre ocurre eso, por supuesto, pero pasa con frecuencia y su manifestación más clara es el conocido “efecto placebo” en medicina: la gente se cura porque cree que la droga que le suministra un señor vestido de bata blanca es poderosa, incluso si no lo es, si no tiene ningún poder curativo. El galeno también puede tener plumas, no bata blanca, como refiere Levi-Strauss del chamán amazónico Quesalid, que “no era un gran médico porque curaba a sus enfermos, sino que curaba a sus enfermos porque era un gran médico”. Se calcula que en dolencias de espalda o gástricas, el remedio placebo funciona en el 75 % de los casos. Este sortilegio mental también funciona al revés: si crees que te vas a enfermar con algo, te enfermas, incluso cuando ese algo no tiene ningún poder de hacerte daño. En este caso ya no se habla de placebo sino de nocebo.
El poder mágico del placebo es la confianza (creer que todo saldrá bien) y el del nocebo es la desconfianza (creer que todo saldrá mal).
Estos trastornos hechiceros también funcionan en la política, aunque de manera un poco distinta, porque si en medicina el placebo es lo más común, en política lo más frecuente es el nocebo. ¿Por qué ocurre esa diferencia? ¿Por qué es tan importante el nocebo en la política? Por el predominio que aquí tiene la desconfianza y, más concretamente, por causa de dos sesgos cognitivos que la alimentan. El primero es el famoso “sesgo de negatividad”, que nos lleva a sobrestimar lo malo o lo extremo, en detrimento de lo bueno o lo ordinario. Nuestra mente está predispuesta para no pestañear ante las alertas, pero desatiende lo que va por buen camino. Los periodistas se valen de nuestra sempiterna inclinación a creer que el «pastorcito mentiroso» (que nos alerta sobre el peligro que se avecina) está en lo cierto y es por eso que las noticias malas son tan adictivas como el azúcar. Y el segundo es el “sesgo de hostilidad” que nos lleva a disfrutar dañando la imagen que tenemos de los demás, sobre todo de quienes no nos caen bien o son nuestros enemigos. El cotilleo desencadena un chorrito de dopamina en el cerebro que nos da placer. Desconfiar de los otros es un divertimento que requiere de motivos y la mente, complacida y convencida, se los inventa.
Si a estos dos sesgos (de negatividad y de hostilidad) le sumamos la manera como nos estamos comunicando hoy, a través de redes sociales que privilegian lo emocional sobre lo razonable, tenemos entonces los principales ingredientes de la polarización actual: con mucha visibilidad para las posiciones extremas, rabiosas y catastrofistas, y poca para las que explican y proponen.
Quienes dicen que el centro político es tibio aluden, sin reconocerlo, a que los centristas no se dejan llevar por los sesgos de la mente que conducen al nocebo; aluden, en fin, a que, si bien son menos combativos, son más realistas.
Lo que estamos viendo hoy en la campaña presidencial, con la rivalidad acre que corre por los noticieros, es el triunfo del nocebo sobre el principio de realidad; con un país dividido en dos, cada cual convencido de que los otros son los agoreros de la catástrofe y un país encadenado a una dosis adicional de odio y pesimismo (construida, inventada; en la realidad la gente es más tranquila) que le impide superar los problemas que enfrenta.
De nuevo, a ese nocebo, es decir a ese engaño, es a lo que la izquierda y la derecha actuales denominan “no ser tibio”.