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En este país capturado por agitadores de emociones, llegamos al ineluctable final que esta situación impone: tener que escoger entre dos candidatos que ven a Colombia como un país partido en dos mitades (en dos 50 %) y, como resultado de eso, tener que elegir a un presidente que gobernará para la mitad que lo eligió, como si la otra no existiera o, peor aún, como si la otra parte fuera un país enemigo. Esta situación nos pondrá a prueba y, sobre todo, pondrá a prueba nuestras instituciones, concebidas para regir sobre toda la población.
Ante esto, quienes no nos sentimos representados por ninguna de las dos opciones en juego podemos elegir entre votar en blanco o votar por una de ellas (descarto la opción de abstenerse).
Existen buenas razones para defender la primera opción. Quien vota en blanco sienta una voz de protesta contra quienes dividen el país en dos y reivindica su pertenencia a una “tercera Colombia”, compuesta por gente que ve al país completo, a pesar de sus tensiones y de sus diferencias internas y por eso cree que lo esencial es respetar las reglas de juego constitucionales y exigir que los gobiernos representen a todos los colombianos, no solo a una parte de ellos. Quien vota en blanco, además, se manifiesta en contra de los agitadores de emociones que han conseguido eliminar los debates presidenciales y en contra de los publicistas de la política que han diseñado campañas para subyugar la verdad a los odios tutelares de esta nación sin sosiego. Quien vota en blanco, en fin, se resiste a que su identidad política de centro se diluya en un voto utilitario que adhiere a una opción que no lo representa. Por eso creo que votar en blanco es una expresión ciudadana legítima y razonable.
Pero las razones para escoger uno de los dos candidatos también son de peso y eso se debe a que los dos extremos en juego no representan riesgos iguales; uno de ellos, el de la extrema derecha, es peor. Al menos seis ideas del señor De la Espriella representan un peligro para Colombia: 1) Su desconocimiento de las libertades básicas consagradas en la Constitución, entre ellas las de sus opositores y las de la población LGBTIQ+; 2) su indolencia supina frente a la desigualdad social; 3) su cinismo atrevido en asuntos legales y éticos; 4) su idea de aislar a Colombia del sistema internacional de naciones; 5) su propuesta de acabar con la JEP; y 6) su estilo pendenciero para hacer política. Solo esto último, en este país de rabias y malestares amontonados, puede ser incendiario.
Por eso, por la amenaza que representa De la Espriella, no solo para la “tercera Colombia”, sino para todos los que aquí vivimos, incluso para quienes son sus partidarios, he decidido votar por Iván Cepeda. Lo hago a pesar de todo, a pesar de su incapacidad para diferenciarse de Petro, el presidente que nunca dejó de ser un político; el mandatario que, con su arrogancia cósmica y sus odios sempiternos engendró a De la Espriella, una némesis con rabias más endemoniadas que las suyas.
He tomado esta decisión trágica, aferrado al hilo de esperanza que me da el llamado ético que hace Iván Cepeda en contra de la corrupción y el clientelismo, y confiado en que su talante conciliador lo lleve a gobernar para toda Colombia, no solo para la Colombia petrista. Pero mi decisión se apoya, sobre todo, en el deseo de atajar la embestida de su contrincante. Por eso votaré con una mano temblorosa y una voluntad endeble.
PS: Nada de lo que digo en esta columna compromete a Dejusticia, institución en la que trabajo.
