En el debate político, cada candidato, impulsado por la antipatía que siente por su oponente, hace de él (o de ella) un espejo invertido que le impide reconocer la parte de acierto, así sea pequeña, que hay en sus ideas. Esto no solo ocurre en una campaña electoral sino con los debates en general. Los marxistas son incapaces de ver los beneficios de la libertad de empresa (salvo si son chinos); los liberales no aprecian las virtudes de lo colectivo; los clérigos no ven las buenas razones de los ateos; los veganos no reconocen los beneficios de comer carne y los nacionalistas nunca ven las ventajas de recibir inmigrantes; ninguno registra la parte de acierto, o al menos de justificación, que hay en la posición del otro.
De esa actitud surgen visiones simplistas y paralelas, que nunca se tocan y que convierten lo social y lo político en una caricatura. No estoy diciendo que en cada posición hay tantas ideas buenas como malas, ni mucho menos que en política todo sea relativo, por supuesto que no. Hay candidatos buenos y malos, de eso no tengo duda. Lo que creo es que en todos (o en casi todos) hay ideas que merecen atención, o que al menos reflejan sentimientos populares que deberían ser tenidos en cuenta, así el candidato no traduzca esos sentimientos en propuestas convenientes. Las ideologías iluminan una parte de la realidad y oscurecen la otra.
No hay que olvidar (hoy menos que nunca) que la democracia constitucional, construida a partir de tortuosas experiencias políticas, fue el resultado de la confluencia de ideas socialistas, liberales y conservadoras que, no obstante haberse enfrentado durante siglos, pudieron ser reunidas en un solo proyecto.
Siendo así, se me ocurre que en la campaña electoral que se adelanta actualmente alguien, un periodista, por ejemplo, podría organizar un encuentro entre candidatos cuyo propósito sea construir un diálogo en el que cada uno intente ponerse en los zapatos del otro. Allí se podrían hacer preguntas como estas: ¿Cuáles cree que son los defectos que su rival ve en usted o en su programa?; ¿Qué méritos cree que su oponente encuentra en usted o en su programa?; ¿Cuáles cree que son las motivaciones que tiene su adversario cuando lo ataca a usted o a su programa? ¿Si su antagonista pudiera cambiar algo de su personalidad, qué cree que cambiaría?
No se trata, por supuesto, de pedirles a los candidatos que cambien de bando, ni que digan cosas en las que no creen, sino que hagan un esfuerzo por ver algo valioso en el otro. Esto no los hará cambiar de opinión, pero tal vez les ayudará a matizar lo que piensan.
Sospecho que mi propuesta no tendrá éxito. La política que se hace hoy se centra en conseguir impacto, visibilidad, así sea con mensajes excesivos o patanes. La medida para valorar lo que se dice ya no es la verdad, la bondad o la conveniencia, sino el número de seguidores, el ser «tendencia». Muchos políticos no resisten la tentación de falsificar y caricaturizar, entre otras cosas porque son conscientes de que si no lo hacen serán vencidos por contrincantes con menos escrúpulos que mienten y exageran a diestra y siniestra.
Así pues, a los candidatos les cuesta ponerse en los zapatos de sus adversarios, de eso no cabe duda. Pero a algunos les cuesta más que a otros porque sus campañas no están destinadas a discutir ideas ni a pensar en soluciones, sino a exaltar los ánimos con mensajes en los que ellos aparecen como salvadores y sus enemigos como demonios. Necesitamos gobernantes que vean el país tal como es, con todas sus complejidades, no como una caricatura.