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27 Nov 2021 - 5:30 a. m.

Robo de estatus

El lunes pasado, la Universidad Externado sacó un comunicado para decir que la congresista Jennifer Arias hizo plagio en su tesis de maestría. Desde entonces se discute si se trata de un robo o simplemente de una falta ética. Yo creo que fue un robo, pero tal vez no de esos que están tipificados en el Código Penal, sino uno muy particular, no necesariamente menos grave, que voy a llamar robo de estatus.

La riqueza no solo depende de tener plata para comprar cosas. También depende de tener beneficios inmateriales derivados, por ejemplo, de la pertenencia a determinados círculos de poder, del reconocimiento por méritos o por estudios, de cierto manejo del lenguaje, de etiquetas sociales, etc. Para no complicar mucho las cosas digamos que todo esto (que no es dinero pero vale mucho) es un tipo de capital que se traduce en estatus.

Así las cosas, se puede ser rico por tener mucho capital material, es decir, mucho dinero, o por tener mucho estatus. Claro, lo que generalmente ocurre es que lo uno llama a lo otro, es decir que el que consigue plata obtiene, por ese hecho, estatus y viceversa. Pero no siempre es así: un escritor prestigioso puede tener mucho capital social, es decir, mucho estatus, sin que necesariamente tenga mucho dinero, y alguien que gana la lotería tiene, por tal motivo, mucho dinero, pero no necesariamente mucho estatus.

Colombia es un país con una sociedad muy jerarquizada y con poca movilidad social. Por eso y por falta de cultura legal y ciudadana la gente busca atajos para ascender socialmente, acumulando dinero o acumulando estatus. Así, por ejemplo, el narcotráfico y la corrupción son prácticas ilegales destinadas a conseguir dinero fácil, mientras que la obtención fraudulenta de diplomas universitarios es un atajo para conseguir estatus fácil.

El sistema educativo que impera en Colombia estimula la obtención de diplomas espurios: cuenta con muchas universidades de baja calidad, con muchos programas de especialización, maestría y doctorado con poca vigilancia por parte del Estado y con una gran demanda propiciada, entre otras cosas, por los incentivos perversos que ofrece la burocracia, dando muchos puntos para ascender en el escalafón social por cada diploma que se obtiene. Una de las cosas que más sorprende a los académicos extranjeros que visitan nuestro país es la cantidad de personas, sobre todo funcionarios públicos, que exhiben dos, tres y hasta cuatro diplomas de posgrado, todos obtenidos mientras trabajan.

Quien utiliza medios fraudulentos (como el plagio) para obtener un diploma incurre en un robo no de dinero, sino de estatus. Aunque, pensándolo bien, también puede ser de dinero: un diploma obtenido de manera indebida puede servirle a un político para obtener un puesto que, de otra manera, habría sido ocupado por otro. Si, por ejemplo, de los tres candidatos que ocuparon los primeros puestos en un concurso para proveer tres cargos, uno de ellos, digamos el que ocupó el tercer puesto, lo hizo habiendo hecho fraude, es posible decir que le robó el puesto al que quedó de cuarto en el concurso.

No estoy en capacidad de determinar las implicaciones legales de lo hecho por Jennifer Arias. De lo que sí estoy seguro es de que se trata de una conducta grave, que ofende a los que siguen las reglas de juego del mundo académico, a los ciudadanos que votaron por ella y a los que todavía creemos en la dignidad de los altos cargos del poder público.

Ojalá los jueces y los electores (pronto habrá elecciones) tomen cartas en este asunto.

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