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Una guerra absurda

19 de septiembre de 2026 - 12:06 a. m.

Siguiendo con mis reseñas de libros históricos recientes, hoy quiero hablar de Volver a ser Elda, un texto sobre la vida de Karina, la guerrillera de las Farc que se desmovilizó en 2008. El texto es de Gustavo Duncan, un experto en el conflicto armado colombiano, y se lee como si fuera una novela, entre otras cosas porque está narrado en primera persona por Karina, aunque es Duncan quien lo escribió a partir de las conversaciones que tuvo con ella. Aquí me refiero a los hechos más relevantes de esa historia.

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Elda Nayis Mosquera nació en Turbo (Antioquia) en una familia muy pobre de 12 hijos. A los seis años vendía arepas y frutas en las calles del pueblo; a los 12 años fue violada por un cuñado; a los 15 se fue a vivir con un novio y a los 17 se enlistó en las FARC, donde dejó de ser Elda y empezó a llamarse Karina. Allí estuvo 24 años, se destacó por sus habilidades de mando, tuvo una hija que nunca crio (su familia en Turbo se hizo cargo), comandó el frente 47 que operó en el oriente antioqueño entre los municipios de Sonsón, Nariño, Argelia y se convirtió en la guerrillera más famosa del país, en buena medida por su crueldad y su ferocidad, aunque todo indica que esa fama se la ganó por su condición de mujer y de afro, no por ser más cruel que sus colegas hombres.

Cuando Karina se desmovilizó y volvió a ser Elda se convirtió en gestora de paz, en acompañante de sus víctimas y en cristiana evangelista.

Estos dos nombres, Elda y Karina, son la metáfora de la vida de esta mujer sin par. Cada uno representa una persona diferente, con maneras opuestas de ver el mundo, de comportarse, de amar y odiar, de sentir compasión y venganza y, por supuesto, de relacionarse con los demás.

Karina, la guerrillera, reclutó a centenares de menores desorientados y avasallados por la pobreza; mató a los enemigos que pudo mientras estuvo en la guerra, fusiló a sus propios compañeros cuando sospechó, sin mayores pruebas, que eran infiltrados, secuestró a civiles inocentes, destruyó la infraestructura eléctrica y robó el ganado o vacunó a los hacendados. Todo eso lo hizo Karina bajo la convicción de que estaba haciendo lo correcto, o por lo menos de que estaba haciendo lo debido, que era acatar las órdenes de sus superiores, los líderes de un movimiento que, supuestamente, iba a redimir al pueblo colombiano.

Elda, la desmovilizada, se entregó al Ejército cuando perdió la ilusión de que las Farc se iban a tomar el poder, cuando empezó a ver la codicia y la inhumanidad de sus superiores y, sobre todo, cuando tomó conciencia del sufrimiento inmenso que padecían las madres de los niños y jóvenes que ella había enlistado, secuestrado o matado.

El final de este libro es tal vez lo más impresionante de esta novela que narra la vida real de esta mujer de dos vidas. Cuando Karina, desmovilizada, seguía su proceso en Justicia y Paz se encontró con Raúl Hasbún, su archienemigo paramilitar, también desmovilizado, pero de las AUC. Allí, con las armas depuestas, se hicieron amigos, evocaron los pesares de la guerra y las traiciones del odio, y en uno de esos encuentros Raúl le cedió un pedazo de su finca, en Venecia (Antioquia), para que construyera una casita y se fuera a vivir con su padre.

A veces, por las tardes, Elda y Raúl se encuentran para conversar, toman café y hacen lo posible por remediar el pasado. No se me ocurre una imagen más elocuente que esta para describir lo absurdo que fue, que sigue siendo, el conflicto armado colombiano y lo deleznables que suelen ser nuestras pasiones ideológicas. Por las mismas razones, también es una imagen esperanzadora.

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