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Una historia de Colombia

Mauricio García Villegas

22 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Acabo de leer La verdadera historia de Colombia, de Hernando Gómez Buendía, un libro extraordinario con un mal título. Digo esto porque en ninguna parte de sus más de 800 páginas se afirma, ni siquiera se sugiere, que esta es la verdadera historia del país. Todo lo contrario, Gómez Buendía (GB), que es un intelectual fino, reconoce que en ciencias sociales la imparcialidad nunca se alcanza plenamente y, más aún, afirma que la historia consignada en este libro no es más que “mi mejor interpretación de los hechos comprobados que han tenido lugar entre nosotros”. ¿De dónde sale entonces ese título excesivo? De los editores, supongo yo, que buscaron una frase efectista para atraer lectores; aunque en mi caso (no debo ser el único) esa jugada me hizo aplazar su lectura por más de dos años.

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Este libro se ocupa, entre muchas otras cosas, de la llamada paradoja colombiana, que resumo en una frase: Colombia es un país muy estable en lo electoral, incluso en lo institucional, pero con una violencia que lo desgarra por dentro. No es posible, en estos pocos párrafos, dar cuenta de la rica y sofisticada explicación que sobre esta paradoja ofrece GB. Por eso me limito a señalar nueve rasgos de nuestra historia que, según mi lectura del libro, hilvanan dicha explicación.

Colombia ha sido un país: 1) fragmentado por una geografía difícil, que ha dejado amplias zonas del territorio aisladas y autárquicas; 2) con un Estado débil (casi inexistente en el siglo XIX), con poca capacidad para cobrar impuestos, para defender la vida y para imponer el orden; 3) polarizado alrededor de, primero, la religión católica y, luego, de las FARC, aunque se trata de dos falsas polarizaciones en la medida en que antes todos eran creyentes y después todos hemos malquerido a las guerrillas; 4) enfrascado, por eso mismo, en guerras porfiadas e inútiles; 5) capturado por élites políticas y económicas rentistas, más interesadas en su propio beneficio que en el interés general y cuya contraparte es el clientelismo con los pobres y el corporatismo con la clase media; 6) absorto en sus debates religiosos e ideológicos, que son las cárceles de nuestra voluntad y nuestro entendimiento; 7) enquistado en un limbo incierto entre la premodernidad, que nunca se fue, y la posmodernidad que nos invade; 8) conservador e incapaz de hacer las reformas sociales que se necesitan para incorporar a la gente pobre al progreso de la nación, y 9) vigilado por los Estados Unidos, un país que reduce nuestra libertad, empezando por el hecho de que no podemos (ni siquiera queremos) escapar de la política de prohibición de drogas, que es nuestro mayor lastre en el último medio siglo. (En esta lista echo de menos la incidencia, muchas veces convulsiva, de la tecnología digital en la vida y en la democracia de los colombianos).

Al final del libro se vuelve al tema de la violencia para sacar una conclusión relativamente pesimista: hemos avanzado mucho en construir instituciones legítimas, a tal punto que podemos dar por superada la conflictividad religiosa y también la subversiva. Pero nuestra falta de ciencia, de racionalidad, de empresarios, de inventores, de equidad social y de seguridad nos atan todavía al viejo país premoderno y, como siempre, siguen caldeando los viejos odios y por eso la violencia seguirá, ahora concentrada en los centros urbanos.

Este es un libro audaz y ambicioso, que sopesa bien las fortalezas y los quebrantos de Colombia, un país en el que, parafraseando a Gramsci, los viejos fantasmas no acaban de morir y el nuevo rumbo todavía no se vislumbra. Vale la pena leerlo.

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