Hasta hace poco se creía que la tecnología digital serviría para conectarnos más, volvernos más participativos, acelerar el intercambio de ideas, argumentar con más elementos de juicio y tener democracias más fuertes. De ese optimismo pasamos, en el curso de una década, al pesimismo del otro extremo, es decir, a pensar que la tecnología nos aísla, nos incomunica y nos impone un entorno de algarabía, malestar social, democracias amenazadas, irracionalidad, deterioro de la inteligencia colectiva y un ethos individualista y frívolo. La grandísima mayoría de lo que se escribe hoy sobre tecnología digital, comunicación y democracia tiene ese tono negativo y las razones no son de poca monta, como lo he mostrado en una buena parte de mis últimas columnas.
No digo esto para seguir hablando de los riesgos de la tecnología digital (mezclados con todos sus beneficios, por supuesto) sino para referirme a la muerte, ocurrida la semana pasada, de Jürgen Habermas. Y lo traigo a cuento porque este filósofo, tal vez el más prominente del último medio siglo, estaba convencido de que la base de la civilización (y del progreso) está en la conversación razonable entre personas que piensan distinto. Pues bien, en medio del pesimismo tecnológico reinante, esa idea es hoy más relevante que nunca.
Cuando yo estudiaba en la universidad veía las cosas de otra manera. Como muchos de mi generación, prefería leer a Foucault o a Nietzsche, pensadores que a mi juicio sí eran críticos de verdad porque querían desmontar los cimientos de la sociedad injusta y mojigata en la que vivíamos. Abogar por la ciencia y la modernidad era, para nosotros, en la Medellín de los 80, la manera de redimir una la sociedad que, como diría el poeta León de Greiff, estaba regida por “el chisme, el catolicismo y la total inopia en los cerebros, como si todo se fincara en la riqueza”. Y claro, no queríamos eso, sino todo lo contrario.
Lo que no entendimos de Habermas es que la sociedad no era así por ser moderna sino justamente por haber dejado de serlo, o tal vez por no haberlo sido nunca. El origen de nuestros males estaba en la falta de modernidad, al menos en su sentido original del siglo XVIII. Otra cosa que no captamos de Habermas es que el aumento de las comunicaciones no siempre está en sintonía con el aumento de la verdad o de la racionalidad: más información, más intercambio de mensajes y de datos no significa más conocimiento, ni más sabiduría.
Habermas vislumbró desde muy temprano la paradoja de un mundo cada vez más interconectado, pero en el que se conversa menos y en el que somos menos racionales. Quizás el hecho de haber nacido con una malformación de labio leporino (de niño fue operado un par de veces) lo llevó a ser consciente de lo exigente que es conversar, argumentar y llegar a consensos. Quizás desde muy temprano se dio cuenta de que más puede ser menos: no es la cantidad de mensajes o de información circulante lo que cuenta, sino la calidad de los argumentos que se intercambian, el esfuerzo por entender al otro, la paciencia y la honestidad intelectual; eso es lo que importa. De todo esto último tenemos cada vez menos, pero la abundancia de información, de mensajes y de interacciones nos hace creer que estamos conversando, cuando en realidad estamos cada vez más desconectados.
Tal vez el mundo de hoy sería más amable, menos cercano a la distopía, si mi generación hubiese leído con más cuidado a Habermas y con menos arrebato a Foucault.