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19 May 2022 - 5:00 a. m.

“¡Alfaro vive, carajo!” y el imperialismo del M-19

Los hábiles propagandistas del Eme nunca permitieron calibrar su papel crucial en la internacionalización y el deterioro del conflicto armado colombiano.

La primera generación de alfaristas provenía de partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales. Surgidos antes del triunfo sandinista, para sus militantes marxistas “el socia­lismo era un objetivo histórico irre­nunciable”. Sin embargo, criticaron sus raíces de izquierda. Desconfiaban de los partidos, incapaces de promover gran­des transformaciones sociales.

La segunda generación, atraída por Cuba y Europa, surgió del entorno estudiantil, básicamente la Facultad de Sociología de la Universidad Central. Juan Cuvi estudió en Francia y antes de volver a Ecuador pasó por Nicaragua. Santiago Kingman estuvo en Bélgica. Los impresionaron las prácticas sandinistas así como la actitud audaz y renovadora del M-19. Para ellos “la democracia era un objetivo legítimo de lucha armada, las acciones bélicas debían tener signifi­cado político inmediato y altamente vi­sible, la formación militante debía basarse en la cultura nacio­nal y el discurso desprenderse de catego­rías ideológicas”. Parte de esta cohorte salió de intelectuales que en 1980 habían publicado el documento Mientras Haya que Hacer Nada Hemos Hecho, que inspiró un pacto inquebranta­ble de estirpe tupamara: actuar, actuar, actuar cotidianamente. Unos partieron al Salvador buscando destrezas de combate.

Personaje clave de este grupo fue Arturo Jarrin, quien mantenía vínculos con cuanta organización armada clandestina operara en la región. Kingman describe las destrezas de este personaje con “todo el carisma de un cristero. Mesiánico, sin decir mucho, la cara triste, sacrificada, el cuerpo mismo dispuesto a cualquier tortura. Un cristero no duda: tiene fe, en los ojos se le ve”. La efectividad de Jarrin fue impresionante. Contactó “mili­tantes de organizaciones socialistas, comunistas, troskistas y cris­tianas. También mantuvo encuentros con la organización comandada por Kléber Gía, que había secuestrado al in­dustrial Antonio Briz; con los grupos de apoyo logístico al M-19 que operaban en Ecuador; con fracciones del Movimiento de Izquierda Revoluciona­ (MIR). Con La O, que asaltó el Consejo Provincial del Guayas en 1976; y con Los Chiribogas que crearon un foco guerrillero en los setenta”.

A principios de 1983, en Esmeraldas, se reunieron 60 activistas para fundar el Frente Revolucionario del Pueblo Eloy Alfaro (FRPEA). Era un conjunto disperso de movimientos clandestinos entre los cuales el de Jarrin se destacaba por canalizar recursos del secuestro. Aunque los demás permanecieron “ubicados en zonas distintas, manteniéndose autónomos entre sí, sin coordinación efectiva, recelando unos de otros e intentando sobrevivir”, el membrete bastó para darles impulso. Jarrin, muy amigo de Jaime Bateman, fundador y líder del M-19, empezó a darle visibilidad al grupo con acciones espectaculares que culminaron con el robo de espadas de Eloy Alfaro en un museo de Guayaquil. El ataque concluyó con el grafiti usual y quedaron bautizados ¡Alfaro Vive, Carajo! (AVC) por los medios.

Poco después Jarrin y dos compañeros ofrecieron una rueda de prensa clandestina anunciando el nacimiento de AVC. Los documentos iniciales de FRPEA fenecieron. Se fue alejando la izquierda partidista para moldear ideológicamente a los nuevos combatientes con costumbrismo ecuatoriano y “enviándolos a Libia donde serían impactados por Gadaffi”. Allí se reunieron con un frente del M-19 y uno del MRTA peruano. Formarían la unidad Jaime Bateman Cayón para liberar el continente.

Al morir Jarrin en 1986 no solo desapareció el líder carismático sino que AVC “ad­quirió tantas ideologías como comandantes”… Entre los distintos grupos que reivindicaban sus prácticas como acciones alfaristas, uno logró apropiarse de la vocería pú­blica… Eran los au­ténticos continuadores del “comando histórico”, los entendidos en el signifi­cado de la “democracia en armas, los combatientes sin re­zagos izquierdistas ni veleidades mar­xistas”.

Kingman, su novia, Patricia Peñaherrera, Cuvi y Juan Carlos Acosta, de la élite quiteña, militaron formalmente en el M-19 desde principios de los 80. La estrecha amistad de Bateman y Jarrín facilitó que los alfaristas recibieran instrucción militar en Colombia así como asesoría para “acciones político-militares, estrategias de implantación y accionar de la guerrilla, además de cargamento bélico”. El M-19 apoyó varios operativos de AVC como el secuestro a mediados de 1985 del banquero Nahím Isaías que terminaría con todos los guerrilleros y el rehén muertos. Este incidente ocurrió en Guayaquil mientras se preparaba la Toma del Palacio de Justicia en Bogotá.

La alianza del M-19 con los ecuatorianos incluía al FSLN nicaragüense, al MRTA peruano, tecnología tupamara y contactos con Manuel Piñeiro, Barbarroja, zar de la inteligencia cubana. El objetivo era formar una red latinoamericana de guerrillas, el Batallón América. En Colombia, mientras tanto, los pupilos mimados del castrismo convencieron a todo el mundo que con el ataque insurgente más sangriento y definitivo del conflicto colombiano buscaban simplemente hacerle un “juicio armado” al presidente Betancur para sellar la paz.

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