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14 Apr 2022 - 5:00 a. m.

Disculpar la violencia

Tengo pésimos recuerdos infantiles de la Semana Santa, tan asociada con la muerte. Un legado nefasto del catolicismo ha sido tolerar que algunos iluminados justifiquen la violencia por una buena causa.

El coronel Nicolás Márquez Mejía, abuelo de Gabriel García Márquez (GGM), luchó con el general Rafael Uribe Uribe (1859-1914) fuente de inspiración de Aureliano Buendía. Liberal incansable, había sido un gramático que combatía verbalmente a sus adversarios conservadores. En De cómo el liberalismo político colombiano no es pecado criticó la idea de una alianza exclusiva del catolicismo con los conservadores. También era posible ser liberal y creyente. Cuestionaba las acusaciones católicas contra sus copartidarios. La publicación tuvo tanto éxito que fue censurada.

Para GGM, la importancia de la palabra fue explícita en un regalo inolvidable de su abuelo: su primer diccionario. Desafortunadamente, con el tiempo entendió que el poder del verbo puede ser insuficiente.

Cuando Uribe Uribe tuvo que enfrentar sesenta senadores conservadores acabaría lamentando tener que “darles la palabra a los cañones”. Sería un protagonista central de la Guerra de los Mil Días y moriría asesinado en 1914. El nieto de su lugarteniente, apodado “mi pequeño Napoleón”, si tendría poder político real, superior al de muchísimas personas, por su manejo magistral de las palabras. Lo que nunca aprendió, como tantos otros intelectuales, fue a usar su privilegiada retórica para condenar sin atenuantes el uso de la violencia contra los adversarios políticos.

El historiador Enrique Krauze no le perdona a GGM su silencio ante los abusos, la arbitrariedad, la crueldad y el cinismo de su gran amigo Fidel Castro. La prueba reina de su pusilanimidad fue el infame ajusticiamiento de tres pupilos consentidos del régimen cubano para lavar su imagen al abandonar el narcotráfico. “No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración, fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y Gabo”.

A partir de la obra de Gerald Martin, biógrafo oficialmente aceptado por GGM, Krauze desmenuza las razones para esta insólita tolerancia con los excesos dictatoriales. Los orígenes psicológicos de su alcahuetería “se remontan al vínculo de Gabito con su patriarca personal, el coronel Márquez. Ahí está la semilla de su fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real”.

Un episodio violento que GGM nunca superó fue su abuelo asesinando por un asunto de honor. Para él, su admirado familiar “tuvo que matar a un hombre, siendo muy joven… lo molestaba mucho y lo desafiaba, pero él no le hacía caso hasta que llegó a ser tan difícil la situación que, sencillamente, le pegó un tiro”.

Cuando murió Nicolás Márquez, su nieto tenía apenas ocho años. En opinión de su biógrafo “uno de los impulsos más poderosos en la vida de García Márquez fue el deseo de reinsertarse en el mundo de su abuelo… (conservando) las memorias del viejo, su filosofía de vida y su moralidad política”. Para Krause, esa moralidad política cabía en una sola frase que varias veces repitieron los personajes que representaron al coronel en la obra de GGM: “Volvería a hacerlo”.

“Otro elemento central en la conciencia política de García Márquez es el antimperialismo” que surgió de una confusa mezcla entre hechos históricos y ficción literaria alrededor de la United Fruit Company. En Macondo, este enclave norteamericano no es una simple compañía bananera sino una “maldición bíblica… un vendaval de la historia que removió la esperanza de miles de personas para luego desmadrar las aguas del paraíso original, violar su quietud, exprimir y envilecer a su gente y abandonar todo a su suerte”.

Entre los afectados reales por la partida de la empresa, cuando solo quedó la hojarasca, estaban los abuelos de GGM, indudables beneficiarios de ese monumental proyecto de inversión cuyo principal promotor fue Uribe Uribe. La casa familiar era una de las mejores de Aracataca. Krauze, más historiador que novelista, recuerda “la ambigüedad de la familia ante la Compañía, actitud de amor-odio frente a los yanquis típica del Caribe. A la compañía se le reclamaba su abandono, no su existencia”.

En sus memorias, GGM menciona que su madre “añoraba la época de oro de la compañía bananera, sus tiempos de niña rica, sus clases de clavicordio, de baile y de idioma inglés. [GGM extrañaba] a su bella maestra en la escuela Montessori y las expediciones a la tienda de la Compañía con su abuelo”. Para el novelista, la compañía bananera dejó muchos buenos recuerdos y no sólo desgracias políticamente rentables.

“Un déspota hábil, un patriarca bueno, un nuevo Uribe Uribe pacificador, antimperialista: ese acabaría siendo el elemental ideario político” de GGM. La manifiesta preocupación por los pobres, como la de Cristo, le permitirá disculpar la necesaria violencia. “Su instrumento para alcanzarlo, como quería el abuelo, no serían los cañones sino las palabras”.

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