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13 Jan 2022 - 5:00 a. m.

El sandinista errante

Totalmente aislado y criticado por la comunidad internacional, Daniel Ortega volvió a posesionarse como presidente de Nicaragua.

Superando a Anastasio Somoza, sumará 26 años en el poder, asumirá su quinto mandato, el cuarto consecutivo y el segundo con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta. Detrás de Fidel Castro, ha sido el tiranillo tropical más apoyado y alabado por la intelectualidad colombiana como rebelde emancipador del pueblo oprimido por los gringos.

Cuando murió Gabriel García Márquez, la misma Rosario, primera dama, hizo pública una dedicatoria para Ortega de 1982 en la que el escritor proclama ser un sandinista errante. “Es una declaración de amor a Nicaragua, a la revolución, a la mística, al sandinismo que es cristianismo, socialismo y solidaridad”, subrayó la esposa del comandante.

El portal del régimen recordó que en 1978, GGM escribió Asalto al Palacio, crónica de “uno de los acontecimientos más determinantes de la lucha contra la dictadura”. El escrito se basa en testimonios de los participantes en la toma del edificio del Congreso en agosto de ese año. La operación fue decisiva en el derrocamiento de Somoza el año siguiente. Hay elementos comunes entre ese asalto y el del M-19 al Palacio de Justicia en noviembre de 1985. “Se trataba de tomar el Palacio… con solo veinticinco hombres y mantener rehenes a los miembros de la Cámara de Diputados”.

Incomoda la idílica descripción del incidente por GGM. “El ambiente en el interior era ordenado y tranquilo. En el primer piso muchos dormían en paz y otros se dedicaban a pasatiempos inventados. No había la menor señal de hostilidad, sino todo lo contrario, contra los muchachos uniformados que cada cuatro horas hacían una inspección del recinto. En algunas de las oficinas públicas habían preparado café para ellos, y muchos de los rehenes les habían expresado su simpatía y solidaridad, incluso por escrito, y habían pedido permanecer allí de todos modos como rehenes voluntarios… Ninguno de los diputados había ofrecido la menor resistencia, los habían desarmado sin dificultad y a medida que pasaban las horas se notaba en ellos un rencor creciente contra Somoza por la demora de los acuerdos. Los guerrilleros se mostraban seguros y bien educados, pero también muy resueltos. Su réplica a las ambigüedades fue terminante: si dentro de cuatro horas no había respuestas definitivas empezarían a ejecutar rehenes”. Qué cinismo hablar de ambiente tranquilo, sin hostilidad y en paz cuando hay amenaza de asesinato.

Aunque no sorprende, también molesta lo que calló GGM sobre la naturaleza internacional del ataque y la influencia definitiva del régimen cubano al apoyarlo. Como apodo, “sandinista errante” le cuadra menos al novelista que a Renán Montero, coronel cubano.

A mediados de 1993, la policía nicaragüense intentaba aclarar si el arsenal que había explotado en un barrio de Managua era obra del etarra Paticorto. El sitio, conocido como El Taller de Miguel, funcionaba en una casa alquilada por Miguel Larios. Allí aparecieron pruebas de los nexos entre ETA y distintos grupos guerrilleros latinoamericanos. Se encontraron “19 misiles tierra-aire, 200 fusiles automáticos, granadas y abundante munición”. Además, 300 pasaportes falsos de 21 nacionalidades. También había información sobre empresarios del continente, objetivos de secuestro. Entre los siete detenidos en la operación policial estaban los etarras Atxulo y Paticorto.

Miguel Larios había llegado a Nicaragua en 1983 de la mano del coronel cubano Renán Montero, quien por años actuó como asesor de la guerrilla y luego del gobierno sandinista. Fue el primer encargado de la Dirección Quinta (D-V) de Seguridad del Estado, creada como réplica de la inteligencia cubana. Jorge Massetti, yerno del coronel Tony de la Guardia, fusilado en 1989 como chivo expiatorio del tráfico de droga desde Cuba, fue uno de los guerrilleros argentinos que trabajó con Montero en la D-V.

El oficial, nacido en Cuba en los años 30, tenía vínculos con los sandinistas desde los 60, justo después de la llegada de Castro al poder. Retornó a Cuba en 1962 para ingresar a los servicios de inteligencia. Acompañó al Che Guevara para impulsar la revolución desde Bolivia, y fue su enlace con Cuba. Cuando las autoridades lo expulsaron mantuvo vínculos con el mítico guerrillero desde la isla bajo las órdenes de Manuel Piñeiro, Barbarroja, principal tutor de los comandantes del M-19 y gran amigo de GGM.

Después, Montero fue nombrado director de las escuelas especiales para extranjeros en Cuba y estableció numerosos contactos con todos los movimientos insurgentes latinoamericanos. Antes de la caída de Somoza, trabajaba en la oficina comercial cubana en San José, Costa Rica. Desde allí apoyaba a los sandinistas. Difícil imaginar que GGM ignorara todo esto al escribir su romántico Asalto al Palacio, puesto que estuvo muy al tanto de que las armas robadas por el M-19 en el Cantón Norte en Bogotá iban para los sandinistas a través de Omar Torrijos, otro amigote macondiano.

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