12 Aug 2021 - 5:00 a. m.

Etarras cínicos y farianos liberadores

Mauricio Rubio

Mauricio Rubio

Columnista

Entrevistas a exmilitantes de Eta revelan que a pesar de décadas de encarcelamiento no sienten el más mínimo arrepentimiento. Aunque eso molesta en España, los comandantes de las Farc apoltronados en el Congreso no inquietan a algunos expertos peninsulares. Todo lo contrario.

Cuando en 2018 la cúpula de la banda terrorista –así califican los medios al grupo armado- declaró disuelta la organización, el máximo líder Josu Ternera destacó como su principal aporte a la democracia la supervivencia de Euskadi, un verdadero “pueblo vivo”, y haber introducido el “derecho a la autodeterminación” en el debate político.

Jerónimo Ríos y Egoitz Gago entrevistaron a 9 ex etarras después de haber estado en una cárcel entre 2 y 3 décadas. Con sorpresa señalan los autores del libro La lucha hablada que ningún entrevistado se arrepiente de haber pertenecido al grupo ni de haber practicado el terrorismo. Uno de ellos es plenamente consciente de que no lograron con las armas los objetivos que perseguían pero que sin Eta “no seríamos lo que somos… sigo pensando que intentar la lucha armada mereció la pena”. Para ellos la violencia no fracasó.

“Eta fue derrotada, pero dio sentido a mi vida” aclara un no arrepentido. Admite la derrota militar, pero pregona que el terrorismo valió la pena. Permitió que “este país no desaparezca; ha servido para mantener el conflicto político que no empieza con el franquismo y ha conseguido que este pueblo siga vivo”.

La justificación de la lucha armada por la supervivencia de Euskadi es un legado de Sabino Arana, fundador del PNV, Partido Nacionalista Vasco, cuyo principal temor era que este desapareciera a causa de la inmigración. Ser socialista les sigue pareciendo secundario ante la prioridad del independentismo etnocéntrico.

También reconocen que el terrorismo ha debido desaparecer antes, “cuando percibimos la pérdida de apoyo social”. Arnaldo Otegi señaló en 2016 en el documental El fin de Eta que hubiesen debido entregar las armas unos 25 años antes, cuando España entró a la Comunidad Europea. Uno de ellos recuerda la perplejidad que le provocó el atentado de Barajas que rompió la tregua en 2016 y critica a los dirigentes por haber perdido el contacto con la gente que luchaba en la calle. Con amargura señalan que al salir de la cárcel encuentran una España peor que cuando entraron, “hay menos conciencia de clase, más individualismo y mucha menos capacidad movilizadora”.

Lo desconcertante de esta demoledora crítica al cinismo político de los integrantes de Eta es que uno de los autores del libro, Jerónimo Ríos, doctor en Ciencias Políticas de la Complutense de Madrid, reconocido experto en terrorismo latinoamericano, profesor en varias universidades en Colombia, España y Canadá, da un volantín mental e ideológico cuando habla de las Farc. No lo hace a la ligera. Con este grupo armado, además de la tradicional revisión de numerosas fuentes primarias, hizo 35 entrevista a profundidad para ofrecer “una mirada sobre cómo se originó la violencia en el país, de qué manera evolucionó y como llega hasta nuestros días” y cómo a partir de 2016 “después de más de medio siglo de violencia armada, el gobierno consiguió firmar un Acuerdo de Paz con la guerrilla de las Farc”.

Su profundo y original conocimiento sobre la guerrilla más vieja del mundo y el mejor acuerdo posible está plasmado en dos libros que ya deben ocupar lugar destacado en los anaqueles de la pazología santista. Esa literatura de punta, además de ser de autoría extranjera, debe estar siendo febrilmente consultada para entender tantas realidades que el nobelesco mandatario silenció para que su contraparte en la mesa de La Habana firmara rápido la paz.

En una entrevista concedida a Radio Nacional de España hace un par de meses para presentar su obra, Ríos afirma con tranquilidad que la reciente ola de protestas y la de finales de 2019 que la precedió son hijas directas del acuerdo de paz con las Farc. Fue eso lo que según él permitió liberar espacios no solo para la izquierda sino para “reivindicaciones sociales y políticas que durante muchas décadas han estado en el ostracismo”. A la Magna Carta del 91 le hacía falta un buen acuerdo de paz.

En esta ocasión no hay que pensar en fenómenos sobrenaturales como un Triángulo de las Bermudas ideológico que hace que los europeos cambien su visión de la violencia política cuando la sufren en su tierra. El camaleonismo de este experto español se explica fácilmente recordando que fue asesor de la Organización de Estados Iberoamericanos durante el proceso de diálogo e implementación del Acuerdo de Paz con la Farc. Es razonable anticipar que, después de Duque por supuesto, este experto calificará para un doctorado Honoris Causa de algún centro académico local de los muchos que ordenaban firmar la paz ¡YA!, irrespetando el plebiscito.

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