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23 Jun 2022 - 5:00 a. m.

García Márquez y el dictador

Una de las experiencias más insólitas e incongruentes de Gabriel García Márquez fue convivir tranquilo durante varios años con la dictadura franquista.

En el otoño de 1967, en un vehículo alquilado, entraron a Barcelona el novelista estrenando estrellato, su esposa Mercedes Barcha y sus dos hijos. Poco después, a esa ciudad llegarían muchos escritores latinoamericanos.

“Era un recuerdo mítico. Fuimos por Carmen, lo admito, como tantos otros”. Carmen Bacells, agente literaria, era “administradora única para toda clase de asuntos financieros”. Así, la razón para soportar la dictadura franquista fue bien pedestre: plata. “En México es buen negocio trabajar y mal negocio escribir. La idea es acumular en países de moneda fuerte y gastar en países de moneda débil. Qué barbaridad: a este paso no haremos mucho como escritores, pero llegaremos lejos como financistas” le escribió Gabriel García Márquez a Vargas Llosa. Además, era “la última ciudad de Europa donde mi mujer podrá tener una Bonifacia … ustedes tienen que cargar solos con la cruz de un hijo en Londres”.

El escritor peruano recuerda que, a pesar de Franco, “autores de toda América Latina llegaban con el sueño de triunfar. Aquí estaban las editoriales que permitían llegar a públicos más amplios que los pequeños sellos en nuestros países de origen”. Carlos Fuentes confirma “el meollo del asunto… Todos lo sabíamos: había que pasar por Barcelona”.

Carmen Bacells no era sólo agente. Conocía muchos atajos. En 1975 auditaba en Buenos Aires las ventas de libros y constató un desfalco. El editor le dijo. “Vamos a arreglarlo a la catalana, ¿cuánto quieres?”. Ella logró sacarle una buena suma y desde entonces “Gabo tiene muy claro que yo me ocupo de todas sus cuestiones económicas”. También sabía cómo evitar controles. Algunos editores “firmaban sus contratos con él a través de una sociedad anónima, Macondo Copyright, con sede en Suiza”, en aquel entonces paraíso fiscal.

Barcelona era una ciudad extremadamente clasista. “Había dos grupos claros de gente, ganadores y perdedores. Los primeros, herederos morales del franquismo, se reunían en lugares públicos, ufanos; entre los segundos, la gente estaba a disgusto, conspiraba en la clandestinidad, en casas. Las iglesias eran los únicos lugares públicos que acogían reuniones de perdedores”.

Según la dueña de una exclusiva tienda había tres condiciones para quedar excluido de los ganadores más peculiares, la gauche divine. Uno, ser proletario de verdad; dos, ser “frívolo de vuelta” y tres “carecer de elegancia”. Para Joan Manuel Serrat, eran “los holgazanes más trabajadores de España” y no podías pertenecer a su círculo “si no te gusta la mujer de tu mejor amigo”.

Para Gabriel García Márquez, vecino de un exclusivo barrio con hijos en costosos colegios privados, “aquella fue una etapa muy fructífera y enriquecedora para mí. Al principio me asombraba de que en plena dictadura franquista pudiera haber una libertad cultural bastante amplia pero pronto comprendimos que aquel espacio de libertad se lo habían ganado, día a día, los escritores, los artistas, los periodistas, todo el pueblo catalán”. Vargas Llosa hablaba de los últimos coletazos del franquismo, una dictadura blanda. Un periodista reconocía lo poco que hacían: “no luchábamos, éramos antifranquistas pasivos y podíamos manifestarlo sin problemas, aunque no publicarlo”.

Era pura ficción. Había incomodidades palpables del régimen dictatorial sobre la vida cotidiana. Los libros eran revisados por censores. Varias esposas de escritores compartían ginecólogo, un liberal que burlaba prohibiciones importando por correo contraceptivos desde Londres. A menudo enfrentó problemas porque la policía interceptaba los envíos. Francia era lugar de peregrinaje obligado cada cierto tiempo. “Vimos El último tango en París en Perpignan, ciudad a la que a menudo íbamos también con los niños”, anota Gabriel García Márquez. “Cada tres meses visitábamos París, para ponernos al día” puntualiza Mercedes.

Gabriel García Márquez permanecía allí con cierta condescendencia. “Había una especie de destape clandestino que a los que veníamos de fuera, y conocíamos mundo, nos parecía una cosa muy atrasada”. Cuando su amigo Plinio Apuleyo Mendoza lo visitó en Barcelona le sorprendió reencontrarse con un “Gabo famoso, rodeado de gente que lo adoraba y con la que él se aburría, estaba enormemente aburrido y hastiado de toda aquella celebridad”.

Ya lo carcomía la pasión por la política. La fama era horrible “porque te quita tiempo para tu vida privada y para escribir” pero por otro lado podía utilizarla “para darle un uso político”, en un sentido peculiar e intenso. Por su elegante piso “desfilaron guerrilleros de todos los movimientos y países latinoamericanos conocidos”.

Paradójicamente, a Gabriel García Márquez el miedo le entró con la incertidumbre asociada al final del franquismo. Gonzalo García Barcha recuerda que en septiembre de 1975 sus padres “decidieron que era mejor no regresar a Barcelona porque no sabían cómo sería la situación tras la muerte de Franco, que estaba agonizando. Tuvieron miedo a la inestabilidad”.

Qué ironía. La gauche divine a veces le teme a la democracia. Se siente más tranquila con un viejito dictador, aunque a veces se aburra.

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