8 Dec 2022 - 5:00 a. m.

Guerrilla contra la SOPA

El sistema judicial norteamericano es menos flemático y democrático que el inglés. A veces se ensaña con particular sevicia contra quienes desafían al establecimiento. Tal fue el caso de Aaron Swartz, el prodigioso hijo de internet.

En enero de 2013 fue hallado muerto en su apartamento de Brooklyn un genio de los hackers dedicado a promover el libre acceso a la información en la red. Este brillante programador, emprendedor, escritor y activista no soportó la implacable persecución montada en su contra por los fiscales que manufacturaron un vergonzoso expediente para acusarlo penalmente. Terminó suicidándose. Con 13 cargos criminales obscenamente manipulados, enfrentaba una pena de 50 años y una multa millonaria.

Casi niño, participó en el desarrollo del formato RSS para intercambio de archivos y colaboró en el diseño de Creative Commons, una organización sin ánimo de lucro para promover el intercambio gratuito de conocimiento digital. También participó en la arquitectura inicial de Open Library, una base de datos colaborativa y gratuita.

Una de las obsesiones de Swartz fue lograr acceso libre a la información de dominio público, algo que no siempre ocurre. Un caso aberrante contra este principio básico es el PACER (Public Access to Court Electronic Records), un sistema de pago para leer los registros enviados de oficio por las cortes federales que definen la jurisprudencia. De manera ilegal, cobran 10 centavos de dólar por página. Un abogado montó un esquema para reciclar esta información: quien hubiera pagado la transmitía para ser almacenada y luego libremente consultada. Bajo presión, el gobierno puso PACER gratuito en 17 bibliotecas. Swartz mejoró un programa para bajar material automáticamente. Pronto se habían almacenado 20 millones de páginas de acceso gratuito. A mediados de 2009 explicó en el NYT lo que había hecho y el FBI empezó a vigilarlo.

Fue invitado a aprender la mecánica de la actividad legislativa en el Capitolio y amplió el abanico de causas por las que debería luchar. Comenzó a usar el hackeo con fines políticos, en particular, cómo organizar a la gente por internet.

Muy conocido y respetado en el entorno de los programadores, se volvió famoso en los medios por sus incursiones en los archivos del JSTOR, un sistema de almacenamiento en línea de publicaciones académicas. A finales de 2010 logró descargar a su computador portátil el 80% de esa base de datos desde un sótano del MIT. Estas acciones llevaron a su detención, a pesar de que la parte afectada manifestó tener un acuerdo con él y no estar interesada en perseguirlo.

Es probable que a la tirria de los fiscales hubiera contribuido el Manifiesto por la guerrilla del acceso abierto que Aaron escribió años antes, invitando a la lucha. “La información es poder. Pero, como todo poder, hay quienes quieren mantenerlo para ellos mismos… compartir no es inmoral, es un imperativo moral. ¿Te unirás a nosotros?”.

Encima, Swartz había mostrado capacidad para superar la retórica. Su más contundente victoria fue parar la SOPA (Stop Online Piracy Act), el mayor atentado contra la libertad de expresión en la red camuflado en una ley supuestamente orientada a detener la piratería informática. En una magistral combinación de sus obsesiones y habilidades, Aaron orquestó un cambio masivo de la opinión pública contra ese esperpento legislativo. Millones de personas se dirigieron por correo electrónico y redes sociales a sus congresistas para frenar una iniciativa apoyada por el establecimiento económico, político y burocrático que ya estaba prácticamente aprobada por fuera del debate público.

El asunto empezó en 2010 con el proyecto de ley COICA (Combating Online Infringement and Counterfeits Act) presentado por el comité judicial y apoyado por todos los congresistas, republicanos y demócratas. Quienes votarían a favor lo habían respaldado con su firma, las grandes empresas de internet hicieron poco pues no arriesgaban mucho. Swartz tenía experiencia en peticiones en línea y organizó varias listas pidiendo pasar la voz y mensajes a los políticos. La primera semana se recogieron 100.000 firmas, a la tercera ya iban 300.000, pero el proyecto fue aprobado por unanimidad.

Por casualidad el finiquite del proceso se detuvo y se retrasó un par de años. Al retomarlo se transformó en SOPA. En ese lapso todos en la industria buscaron cómo ayudar y los congresistas por fin comprendieron y revelaron su principal miedo: creían que en internet podría suceder cualquier cosa desde lanzamiento de misiles hasta tráfico de menores. En las nuevas discusiones el ambiente ya había cambiado. Dejó de ser aceptable no entender cómo funciona internet. Quedó al desnudo la prevención irracional de los legisladores. Los republicanos comunicaron que ya no aprobaban la censura, la Casa Blanca los siguió y por último se unieron los demócratas. Se reportó una caída en Wikipedia, luego en Reddit y también en Craiglist. Quienes apoyaban la iniciativa se retractaron pidiendo disculpas.

Una guerrilla desarmada volteó la moda de tragar SOPA sin saber de qué es. Pero sabuesos y fiscales envalentonados continuaron acosando sin control.

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