23 Apr 2020 - 5:00 a. m.

Hambre, protesta y revueltas

Los motines en algunos barrios de la capital y varias ciudades no perturban la rutina confinada de cierta gente privilegiada.

En Bogotá, donde “miles de banderas rojas parten el corazón”, las ayudas “para calmar el hambre” resultaron insuficientes: hubo disturbios con civiles heridos y policías lesionados. En Cali, varias comunas rompieron la cuarentena para protestar por falta de alimentos. Deploran la demora “cuando se está pasando hambre sin ganar lo del día a día”. En Medellín, informales salieron con trapos rojos, “ya no tenían qué comer”. En Bucaramanga, habitantes hambreados bloquearon una carretera. En Santa Marta 15 protestas de vendedores ambulantes han pedido ayudas alimentarias.

Los incidentes tuvieron repercusión internacional. “El hambre como bandera: en las ventanas de muchos barrios de Colombia, los más pobres colgaron trapos rojos como señal de auxilio… protestan para exigir alimentos… protagonizaron intentos de saqueos por falta de ayudas”.

En medio de tan palpable descontento, una madre bogotana con doctorado comenta una foto de su hijita disfrazada: “¡Cómo no estar agradecida con el COVID-19, si gracias a esto hoy estamos en fiesta de princesas!”. Con distancia social, la indolencia clasista es contagiosa. “¿Ustedes también sospechan que en un par de años pensarán que esta cuarentena fue una época feliz?”, pregunta un renombrado periodista. La crema sociojurídica recuerda aspectos cruciales de la cuarentena: su inconstitucionalidad y que las librerías no estén abiertas para sobrellevarla. Definitivamente, el confinamiento con home office tiene contratiempos distintos al encierro sin comida. Desde siempre y en muchos lugares, el hambre ha provocado levantamientos populares.

La hambruna que devastó parte del Imperio ruso en 1917 y las fallas del racionamiento en Petrogrado abonaron la Revolución Bolchevique. Una crisis alimentaria en 1789 pudo contribuir al final del Antiguo Régimen. El hambre y los altos precios de alimentos a mitad del siglo XIX han sido relacionados con varias insurrecciones europeas. El vínculo es ancestral. La escasez de alimentos fue una motivación común de revueltas contra el poder en la antigua Roma. En varios cambios de dinastía en China hubo guerras intestinas iniciadas con hambrunas. Si estos escenarios parecen exagerados, toca compararlos con los estimativos de muertes por coronavirus que condujeron al encierro.

El hambre como detonante de la protesta social llevó a los gobernantes medievales a intervenir el suministro de alimentos. En Italia bloqueaban tierras circundantes del núcleo urbano, el contado, como primera fuente de aprovisionamiento. El annone buscaba establecer un monopolio sobre las áreas rurales cercanas para controlar al máximo los flujos de productos alimenticios que entraban o salían del territorio. Se publicaba el calmiere, una lista de precios de referencia calculada periódicamente con base en transacciones de mercado. En épocas de extrema escasez, se tenían en cuenta los recursos de la gente más pobre para que no pasara hambre. En estos casos, las autoridades asumían el control y manejo del suministro de alimentos básicos, que podía ser gratuito. Prevenir hambrunas era altísima prioridad de las ciudades-Estado.

El contraste entre estas instituciones medievales y la funcionaria bogotana que ante las protestas admitió retrasos en la entrega de mercados por “excesos en los precios y desabastecimiento” es ilustrativo del voluntarismo buchipluma. Basta recordar que la alcaldesa anunció economía de guerra durante tres meses con un sofisticado intervencionismo total por consenso.

Igualmente deplorable ha sido el silencio sepulcral del establecimiento académico e intelectual que impaciente insistió que se firmara ¡YA! la paz con supuestos representantes del pueblo marginado. Tras varios años machacando la violencia originada en miseria y desigualdad, los disturbios por hambre, agravados con diferencias sociales y clasismo insultantes, se consideran un simple impasse administrativo.

La población del rebusque no tiene qué comer, protesta desafiando la orden de encierro, y nadie ofrece discurso político, salvo anunciar el fin del capitalismo, aplaudir alcaldadas con soporte científico o pedirle a la tecnocracia que mejore sus bases de datos. Ni siquiera los locuaces analistas de los excesos castrenses le han advertido a la alcaldesa que darles a los militares ejemplo de autoritarismo civil en medio de una crisis social que puede estallar con cualquier chispa es un error garrafal.

A nombre de campesinos sin voz, el proceso de paz fue un diálogo entre dos burocracias: una astuta defensora de sus intereses y otra experta en pensar con el deseo y gastar recursos públicos. Decretaron que una guerra parcialmente urbana era sin mafias, ni sector informal. Así, personas en el umbral del bajo mundo parecen no existir: nadie tiene ni idea cómo se las arreglan, se coordinan o quién las dirige, sin poder descartar eventuales tentáculos tipo milicias, disidencias, microtráfico o clientelismo. Barrios enteros protestan furiosos por hambre, pero la casta iluminada que da cátedra sobre conflicto social enmudece, carece de guiones distintos al uribismo o el problema agrario. Cómodamente confinada con teletrabajo, se aletargó con negacionismo, esperando que la dejen salir a hacer paro.

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