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Irán, el Sha, ayatolas, mujeres y feminismo

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Mauricio Rubio
22 de enero de 2026 - 05:05 a. m.
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Es inaudito el silencio del feminismo de izquierda con la sangrienta represión del levantamiento popular en Irán. En dos semanas unas 2.500 personas desarmadas fueron asesinadas y en varios hospitales se atendieron “cientos de heridas por disparos a los ojos”. Las protestas para derrocar al Ayatola Ali Jamenei estallaron bajo una grave crisis económica. En todo el país, mujeres jóvenes rechazan el control sobre sus cuerpos y desafían así la médula de la Revolución Islámica.

Hace 47 años, Mohammed Reza Pahlaví, Sha de Irán, abandonó su país para no volver. El Ayatola Jomeini, con 78 años, lideró la revolución religiosa que abolió la monarquía y regresó de su exilio en París para gobernar. Un referendo, tal vez amañado, señaló que por aplastante mayoría el pueblo escogía una República Islámica. Medio siglo después, el régimen teocrático enfrenta su más severa amenaza. Las masas que con entusiasmo saludaron un gobierno fundamentalista exigen ahora que acabe ese despropósito. Hay paralelos irónicos. “El sucesor de Jomeini… se encuentra bajo presión para huir, mientras que el hijo del Sha espera regresar del exilio”. En 1979 estallaron protestas populares contra un régimen represivo y corrupto que había perdido legitimidad y dependía, como ahora, de la fuerza bruta para gobernar. El Sha padecía un cáncer terminal que lo volvió indeciso; la oposición percibió su debilidad. Con 86 años Jamenei, aparentemente enfermo, achaca los disturbios a influencias foráneas: “personas incitadas o contratadas por el enemigo persiguen comerciantes y tenderos coreando consignas contra la República Islámica”. También hay marcadas discrepancias. En 1978 Jimmy Carter, demócrata, bonachón, luego Nobel de la Paz, brindó por Irán, “una isla de estabilidad en una zona turbulenta” gracias al “liderazgo del Sha… al respeto, la admiración y el amor que su pueblo le profesa”. Hoy un soberbio, imperialista y guerrero Donald Trump invita a quienes protestan a no ceder.

La llegada de Jomeini tras la salida del Sha fue celebrada con júbilo por intelectuales y feministas. Daryush Shayegan, influyente filósofo educado en Europa, especialista del choque entre tradición y modernidad, le aclaró entonces a Time que “la democracia es muy difícil para un país sin tradición democrática… pero los iraníes (aprenderemos), Jomeini es un Gandhi islámico”. Calló que 120 de las 200 empresas más grandes del país habían emigrado espantadas.

Kate Millet, célebre feminista estadounidense, participó en las celebraciones de la llegada al poder del islamismo en Irán. Era invitada especial para el primer Día Internacional de la Mujer en ese país el 8 de marzo. Icono de la liberación femenina, su manifiesto Sexual Politics era al feminismo como Das Kapital al marxismo. Su principal argumento: “el patriarcado es la estructura organizadora central de la sociedad, una constante social que organiza todas las demás formas sociales, políticas y económicas” en cualquier rincón del planeta. Ese, su primer libro, la lanzó al estrellato. Por su fama internacional y “ardiente pacifismo”, al llegar a Teherán los medios locales la rodearon, pero generó tensiones políticas y diplomáticas que nadie previó.

Millet viajó a Irán con su pareja, la periodista Sophie Keir. Participó en las manifestaciones, grabó audios y documentó todo lo que pasaba a su alrededor, desde la celebración feminista que degeneró en protestas contra Jomeini por la imposición del velo hasta “el té que tomaba con anfitrionas y las horas perdidas en el denso tráfico”. A los pocos días las autoridades la detuvieron y la expulsaron del país: a su condición de agitadora le sumaron ser lesbiana.

Toda esa experiencia la relató Millet en su libro Going to Iran (1982). Como no entendía lo que hablaba la gente, grabó “un entorno que nunca tuvo en cuenta”. Esas whisper tapes (cintas con susurros) las analizó mucho después Negar Mottahedeh, académica de origen iraní. El material revela “la estrechez de su feminismo blanco y su falta de reciprocidad”. No sólo comprendió mal las razones de las mujeres para protestar, sino que la revolución también era masculina. Al contrario, se oye a Millet recomendarle a quien la entiende “ignorar a los hombres. Nunca oirán. ¿Para qué perder el tiempo?”.

Las mujeres iraníes de hoy cometerían un craso error desestimando a los hombres que gobiernan y pensando, como afirmaría luego Millet, que “no sólo el patriarcado, sino la heterosexualidad, están en vías de desaparición”. Bajo el régimen de los ayatolas la brecha sexual se extendió hasta la manera de reprimir violentamente manifestaciones. Ellos suelen recibir “perdigones en las piernas, los glúteos y la espalda” mientras ellas sufren “disparos a corta distancia en zonas más íntimas”, o en la cara: “buscan destruir su belleza”. Caído el Sha supuestos redentores religiosos sofisticaron la sevicia, agudizaron la misoginia y exportaron su teocracia. Mientras tanto, el feminismo occidental destacaba micromachismos y condenaba besos robados.

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