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26 Aug 2021 - 5:00 a. m.

Los políticos no nacen, ¿los fabrican?

Para el viejo debate entre lo natural y lo aprendido, la evidencia más interesante la ofrecen personas idénticas criadas en familias distintas. Esa información también es útil para entender cómo las ideologías moldean mentalidades.

Con los mismos genes, los gemelos que crecen separados y conservan características comunes confirman que estas vienen por herencia, no por educación. La similitud es casi total en el físico, algunos gestos, colores preferidos, manera de caminar, vestirse o arreglarse. Los gemelos separados también se asemejan en inteligencia, personalidad, actitudes sociales e incluso vocación laboral.

Lo que definitivamente se aprende son las preferencias políticas y la ideología. Un caso célebre es el de Jack Yufe y Oskar Stohr, gemelos nacidos en Trinidad en 1933 y separados desde los seis meses tras el divorcio de sus padres. Jack se quedó y fue criado como judío. Oskar viajó con su madre a Alemania para ser educado como católico nazi. Ambos sabían que tenían un hermano gemelo y mantenían correspondencia afectuosa. Cuando se reencontraron en 1954 ninguno pudo soportar las ideas del otro. La incompatibilidad fue tal que rompieron relaciones hasta 1980 cuando participaron en un estudio sobre gemelos separados. Empezaron entonces una relación de amor y odio. Los atormentaba saber que, de haber sido criados como el otro, tendrían la ideología que tanto detestaban.

Para Jack y Oskar es claro que la influencia definitiva para su ideario político fue la familia, pero esto no siempre es cierto. Hay hogares sin hermanos gemelos en los que se dan diferencias políticas irreconciliables. Una amiga, enfermera jubilada, tiene dos hijos en los dos extremos de la actitud hacia el Covid sin que ninguno tenga la visión científica e intermedia que ella logró con su oficio. Uno de ellos es fanático antivacuna que no cesa de criticarla por hacer parte de una conspiración que recluta cobayas de manera irresponsable. En la casa de su otro hijo la mascarilla es obligatoria a cualquier hora y el cúmulo de precauciones para alzar a la nieta es tal que ella prefiere abstenerse.

Como el uribismo en Colombia, el nacionalismo catalán es motivo frecuente de enfrentamientos familiares, algunos dolorosos. La duda que surge es de dónde provienen las ideologías que llegan a dividir familias. Un candidato es el sistema educativo que moldea mentalidades jóvenes a veces de manera irresponsable puesto que los costos de adoptar posiciones extremas, hasta fanáticas, no los asumen quienes las promueven. La estrategia de reclutar adeptos desde la adolescencia, incluso la niñez, ha sido recurrente en regímenes totalitarios como la Unión Soviética, China maoísta o la dictadura castrista.

Es frecuente escuchar en el debate sobre el independentismo catalán que el gran responsable es el sistema educativo. Distintos gobiernos nacionalistas habrían usado la educación pública para fomentar la identidad nacional catalana y el separatismo. Aunque la educación pueda abonar el terreno, la información disponible no avala por completo esta explicación simple que habría implicado un aumento lento y progresivo del sentimiento nacionalista, cuando lo que se observa es un crecimiento abrupto a partir de la segunda década de este siglo que, además, se dio en distintas generaciones. Un posible factor habría sido la crisis económica y política que antecedió el aumento súbito del nacionalismo en las encuestas de opinión. La gran incógnita es el impacto de la pandemia.

Algún hecho fortuito puede determinar marcadas diferencias ideológicas en una misma familia. Después de vivir la complejidad de una democracia federal como los EE. UU., un amigo de Girona, región bien independentista, le recuerda a su hermana separatista que no ha viajado lo suficiente para conocer un Estado realmente centralizado, como Francia.

Luis Labraña, el exguerrillero argentino de los Montoneros famoso en redes sociales por aceptar que había inventado la cifra de 30.000 desaparecidos adoptada sin titubeo por las Madres de la Plaza de Mayo, revela lo complejo e inesperado que es el camino hacia el fanatismo extremo, léase la lucha armada. Criado en familia comunista, en la que estaba vetado el peronismo, desde niño entendió que la “clase obrera” de la que tanto hablaban en su hogar era un ente abstracto, no una realidad que hiciera parte de su vida. Con apenas 16 años vio una manifestación sindicalista salvajemente reprimida. Así, con sus amigos, “por primera vez nos encontramos tirando piedras sin saber por qué”. Ese día se volvió peronista. Vino luego la influencia de Cuba que mandó una delegación para celebrar los 150 años de la independencia argentina y fue aplaudida a su paso hasta por la oligarquía de Buenos Aires. Tomar las armas para luchar por la justicia social estuvo servido en bandeja.

En un polvorín como Colombia, una lección simple de este enredo sobre cómo surge el fanatismo es que el sistema educativo no puede estar infiltrado por predicadores de la lucha armada. Uno solo puede hacer mucho, mucho daño.

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