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Me siento vieja porque no tengo causas.
Creo que eso, entre otras cosas, me delata. Hoy en día los jóvenes suelen ser veganos, petristas, antiminería, anticapitalismo, antiglobalización, antitaurinos, antitransgénicos, causas y más causas que pululan en camisetas, pocillos, cachuchas, afiches, campañas publicitarias, redes sociales.
Estas militancias de Facebook sirven para construir identidades más progres, fachadas de gente educada, pero muy desinformada, personas que no pasan un primer filtro de preguntas a sus exacerbadas convicciones.
Porque lo que importa es el ruido y la furia, repetir hasta la saciedad una noticia que no han escuchado de primera mano, evadir cualquier pregunta que les aleje de esa comunidad de seres magnánimos y frívolos con sus vidas en Instagram y sus viajes en Facebook y sus noticias de Twitter diseñadas para mostrar una tendencia, una estética y, claro, como parte del decorado, también una filosofía de vida. Nunca había sido más fácil ser bueno. A menudo, el bueno tiene hoy entre 20 y 30 años, lleva sacos de lana, tennis, gafas grandes de pasta que no necesita, pero que le hacen ver intelectual y está convencido de tener una misión en este mundo.
El bueno se siente bueno porque no usa pitillos, porque organiza un trueque de ropa usada, porque protesta contra cualquier iniciativa pública, porque no come mamíferos, porque compra lechugas orgánicas, porque sabe cómo se llama su portero o le baja las sobras cuando pide comida a domicilio.
Los buenos lo son porque adoptaron a un perro, o porque solo comen pollos criados en granjas. Los mismos buenos se quejan de cuanto han aumentado los robos en la universidad privada a la que van desde que se implementó “Ser pilo paga”, y se lamentan del comportamiento de personas a las que califican de “vándalos y de hampones” en las mismas redes donde publican la foto del perro recogido. Estos buenos no suelen estar dispuestos a sacrificar un ápice de comodidad, solo les interesa intervenir la fachada para verse más educados, más progresistas, más relajados y más “comprometidos con el medio ambiente” (como dice la publicidad de Cine Colombia porque pone unas canecas a la entrada de sus teatros).
Pero detrás de tanta bonhomía, se esconde una intolerancia militante y agresiva hacia el opuesto. Hacia el que usa pitillos, hacia el que defiende la construcción sobre la reserva Van der Hammen, hacia el uribista, o el petrista, el gay o el homófobo.
En un universo binario, donde lo bueno está determinado por eslogans escritos en letras mayúsculas y subrayados, en textos que no suelen tener más de un párrafo pero parecen capaces de explicar el sentido del odio y del amor, el desamor, el futuro, la futilidad de la política y la guerra, no es necesario entrar a complejizar, es aburrido, pensar en matices no vende, no permite hacer eslogans ni frases de cajón, esas tan necesarias en ese mundo binario de liviana bondad, sin mayores cuestionamientos, pero con certezas bien diagramadas, donde el comentario y el énfasis suele ser sobre la tipografía, no sobre el contenido. Quizá es inevitable abstraerse a este mundo donde la imagen y el eslogan tiene cada vez más peso que el pensamiento crítico. Lo cierto es que cada vez más, los buenos me parecen muy frívolos o los frívolos, demasiado buenos.
