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Los desobedientes

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Melba Escobar
24 de septiembre de 2015 - 02:51 a. m.
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No había cumplido cuarenta años cuando publicó La tía Julia y el escribidor. En esta novela exquisita, el genio ya daba cuenta de serlo.

La mezcla de tragedia griega con culebrón mexicano nos va llevando por una historia donde las radionovelas de Pedro Camacho se intercalan con lo amoríos de “Marito”, entonces un estudiante de derecho con aspiraciones de escritor quien narra como se va enamorando de su tía viuda, quince años mayor, con quien posteriormente en la novela habría de casarse (lo hizo en la vida real) llevándole la contraria a todo el mundo.

Treinta y ocho años más tarde de la publicación de este libro, el nobel vuelve a dar cuenta de su capacidad para contradecir los “principios de buena conducta”, esta vez no para desposar una tía viuda, sino para ennoviarse con Isabel Preysler, una mujer también de la tercera edad, famosa “socialité” de belleza mundialmente conocida: “Tumbado boca arriba en mi cama, en la oscuridad, pensé mucho en la tía Julia y en que no había duda, de un modo u otro, nos iban tarde o temprano a separar. Me daba mucha cólera y me parecía todo estúpido y mezquino”.

El Marito de dieciocho años, protagonista de La tía Julia, se casa a las escondidas antes de permitirle a su familia interferir para alejarlo de la mujer que ama. Las cosas no han cambiado demasiado. Después de 50 años de matrimonio, Vargas Llosa ha iniciado una relación con quien fuera esposa de un cantante, un aristócrata y un superministro. Escándalo. La prensa rosa se deleita. Los diarios “serios” aprovechan para hacer comentarios sarcásticos. Los programas de variedades caen directamente en la grosería con chistes de doble sentido que resaltan la edad de los implicados. Hacen predecibles chistes que incluyen “viagra”, “abuelos”, “vieja caza fortunas” y así.

Sobran quienes directamente usan la palabra “canallada” y se refieren a su ex como “la pobre mujer abandonada” y a Isabel como la “vividora”. A los iberoamericanos sin duda nos hermana el melodrama. Pero más allá del goce morboso que hay en todo cotilleo, ¿Qué es lo que tanto ofende? ¿Se supone que la señora Preysler por ser viuda debe quedarse guardando luto hasta el fin de sus días? ¿Qué el señor Vargas Llosa por haber ganado el Nobel o por tener 81 años no puede enamorarse de otra mujer? ¿O nos molesta más bien que esta señora parezca una treintañera a los 63 años y que el escritor, en lugar de estar senil regándose la papilla, se vea de maravilla y quiera volver a empezar?

Por mi parte, celebro que el genio con tantos almanaques encima tenga ánimos para seguir persiguiendo sus pasiones, cazando batallas en tabloides y —tal vez lo más impresionante— que haya logrado llevar a la vida real una historia tan parecida a sus novelas. Este “escándalo” tan puramente Vargas Llosiano, acapara los espacios de lectores y teleaudiencias a nivel global.

Ahora su historia circula por las calles, se comenta en dentisterías y salones de belleza. Definitivamente, don Mario es un maestro entre maestros. Un escritor para las masas, a la mejor manera de su propia invención: el personaje Pedro Camacho de La Tía Julia.

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