El Caminante

Mientras espero tus cartas

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Sí. Tendré que confesarte que esperaba tus cartas, y mientras aguardaba y pasaban los días, imaginaba. Así de sencillo y de complejo. Imaginaba, fumando y mirando al techo, lo que podías decirme en aquellas cartas, tus gestos mientras las escribías, los sellos y estampillas que vendrían en el sobre, y releía las otras cartas que me habías enviado antes, casi que hasta aprendérmelas de memoria y tocar cada palabra, y volvía a repasar los borradores de las que yo te había escrito para cerciorarme de que te había escrito lo que te quería decir. Cada frase era la frase que había pensado y elegido, y detrás de cada frase había un largo proceso de razonamientos, de opciones, y borradores y más borradores.

Hoy comprendo que de tanto escribir y tachar y romper, mis cartas terminaban por convertirse en lo importante. En una obra, tal vez. Mi obra. Lo escrito era sagrado, o comenzó a ser sagrado por aquellas cartas, pues apenas las enviaba, apenas las echaba en el buzón del correo, sabía que no había vuelta atrás, aunque luego me enterara de que a veces no llegaban o de que los destinatarios ni siquiera las abrían, como en una que otra película. Igual, cuando yo depositaba una carta en un buzón sentía que echaba a andar la vida. Por eso dudaba en el instante definitivo, y soltaba el sobre en la boca del buzón con cierta solemnidad que surgía de cierto temor.

Cientos de engranajes empezaban a funcionar y decenas de personas comenzaban a trabajar para que en una semana, o un poco menos, alguien, tú, leyera mis palabras. ¿Que si te mentí en alguna letra, como me lo preguntaste en tu última carta? Sí. ¿Que si esa mentira tenía la intención de engañarte? No. La verdad era que deseaba tanto que las cartas fueran impecables, una obra imperecedera, que en algunas líneas necesitaba ayudarle a la realidad, tergiversarla un poco. Yo no podía morir de realidad ni llevarte a ti a tanta realidad. La realidad, te lo digo en serio, es nuestro mayor veneno: una especie de muerte en vida que debe ser la peor de las muertes.

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