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Hacktivismo

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Miguel Ángel Bastenier
02 de diciembre de 2010 - 05:39 a. m.
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El hacktivismo o actividad de los hackers para informar al público de todo aquello que los gobiernos no quieren que se sepa, se está convirtiendo en el movimiento contracultural del siglo XXI.

No es tanto que vuelvan los años sesenta, como que una forma de sentir las relaciones del ciudadano con la cosa pública de raíz profundamente anglosajona, ha encontrado en las nuevas tecnologías su forma de expresión. En el fenómeno creado por la oleada de revelaciones del movimiento Wikileaks, que dirige el escurridizo australiano Julian Assange –primero sobre las guerras de Afganistán e Irak, y esta semana sobre la diplomacia planetaria de EE.UU.— hay que distinguir dos realidades: el material informativo y la propiedad política y moral de esa exposición.

Informar de todo lo que los gobiernos no quieren que se sepa es un movimiento contracultural. Es perfectamente comprensible que el Departamento de Estado norteamericano haya puesto el grito en el cielo y que su titular, Hillary Clinton, dijera que así no hay forma de conducir una política exterior. La contradicción reside en que los intereses de su gobierno –de cualquier gobierno– no coinciden con los de la opinión universal, que siempre tiene derecho a saber, igual que los medios –entre ellos este periódico– lo tienen de proceder a la publicación haciendo el expurgo de lo que pudiera afectar a la seguridad de Estados o personas.

Las revelaciones se dividen a su vez en lo que es una grosera e indecente interferencia –que a nadie debe sorprender– en los asuntos de otro país, como han sido en España las presiones sobre jueces, empresarios y políticos, y la frecuente caracterización peyorativa de los personajes con los que esa diplomacia ha de tratar, lo que aún menos debería llamar la atención.

Pero ¿cuál es la plataforma de pensamiento sobre la que opera Wikileaks? Assange dio a conocer ya en los años noventa su credo de sumo sacerdote del hacktivismo: libre acceso a la información, que pertenece enteramente al dominio público; desconfianza profunda de toda autoridad constituida, y defensa de una descentralización extrema en la conducción de los asuntos políticos. Es decir, anglosajonismo en estado puro.

Cuando la policía británica aparece sin armas vestida de azul, no es porque se confíe en la humanidad intrínseca de la delincuencia local, sino porque se recelaría del comportamiento de esa autoridad dotada de tan agresivos medios de coacción. De igual forma, recorre transversalmente la política norteamericana una corriente ácrata, de origen protestante puritano, lejanamente basada en el libre examen de la Biblia, furibundamente reivindicadora de los derechos individuales, que se expresa con frecuencia al nivel de poder más próximo al ciudadano como es la administración local. A diferencia del anarquismo español o italiano de los años veinte y treinta del siglo pasado, que llegaba a ser violentamente revolucionario, este sentimiento se ancla muy cómodamente en la derecha.

Una de las personalidades más visibles del movimiento del Tea Party, Ron Paul, es un anarquista conservador, aislacionista en política internacional y partidario de la cuasi desaparición del Estado. Por ello, Assange, cualquiera que sea su religión o ideología, no es un hacktivista de derecha o de izquierda, sino un ciudadano en rebelión contra las instituciones.

Esa cualidad de guerrillero o francotirador informático no excluye, sin embargo, que el fundador de Wikileaks haya tomado considerables precauciones por si alguna de las agencias norteamericanas ofendidas por lo que se ha publicado –y lo que falta aún por publicar– decide tomarse la justicia por su mano. Y para ello ha dejado debidamente codificado un paquete de nuevas revelaciones de 1,4 gigabites, equivalente a varias veces el volumen de los 250.000 documentos del Departamento de Estado, que está preparado para su detonación si llegara el momento. Tenemos Wikileaks, con o sin Julian Assange, para rato.

* Columnista del diario‘El País’ de España

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