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Fatiga y tristeza

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Miguel Gómez Martínez
05 de septiembre de 2009 - 05:57 a. m.
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LUEGO DE MÁS DE OCHO MESES DE discusiones concluyó el primer acto del proceso que busca autorizar la reelección.

Viene ahora el segundo acto, que concluirá con la revisión constitucional. Después el tercero será la campaña por el referendo y el cuarto la elección presidencial. Cada tiempo tiene su suspenso, sus fechas límites y muy seguramente generará intensas discusiones que ocuparán miles de horas y páginas en los medios de comunicación.

Personalmente el tema me tiene harto y apenas estamos entrando en la segunda etapa. Creo que esto les sucede a muchos ciudadanos que analizan el proceso sin entender por qué estamos desgastándonos de esta forma. Si lo que se trata es de garantizar la continuidad del proyecto uribista, hay varios candidatos que tienen la capacidad y la experiencia para hacerlo sin tener que someter las instituciones y la opinión pública a este fatigante proceso.

Mientras tanto, la corrupción del Congreso parece no tener límites. Cada semana, uno o varios parlamentarios son encarcelados. No existe ni ha existido un Congreso más ilegítimo que el actual. Hemos batido todos los récords mundiales de corrupción y parece que todavía otros “ilustres” legisladores terminarán en la sombra. Qué tristeza escuchar las sesiones del Parlamento. Qué mediocridad intelectual, qué pobreza en los argumentos. Algunos dicen que el Congreso es una representación de lo que es Colombia. Estoy convencido de que los colombianos no nos sentimos representados por los que ocupan esas curules a pesar de que los elegimos. En el fondo la culpa no es sólo del sistema, sino también de un electorado que sigue siendo seducido por los pequeños favores sin entender que al votar está definiendo el futuro que quiere para el país.

Tristeza me produce el transfuguismo de esta semana. Los parlamentarios saltando de una cueva a otra para asegurar su reelección, sin que nadie se pregunte sobre la legitimidad de este horrible proceso. Los une el interés clientelista y su apetito voraz por el presupuesto nacional. ¿Las ideas? ¿A quién le importa? ¿Los programas? ¿Cuáles programas? Lo único que cuenta son los feudos y los puestos para mejorar los umbrales.

Lamentable en este escenario la actitud del Partido Conservador postergando su consulta interna y replegándose obediente ante los deseos de su dirigencia más preocupada por no perder su fracción del poder que por encarnar una opción política. Una colectividad con esa ausencia de carácter no puede aspirar a dirigir los destinos de la Nación. Caro y Ospina deben estar revolcándose en sus tumbas.

Fatigada, desorientada y temerosa, la opinión pública observa este drama sin reaccionar, como si lo que se definiera en los próximos meses no fuera de su incumbencia. Hay tantos candidatos enviando mensajes confusos e incoherentes. A estas alturas todos los escenarios son posibles, hasta el triunfo de un candidato sorpresa que no esté hoy en la palestra. El desorden del clima político debilita nuestra democracia, que está rodeada por enemigos demagogos.

La historia muestra que los pueblos cansados de sus dirigentes son los más propensos a las aventuras populistas.

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