"Putas, rameras, prostitutas, meretrices, fufas, fulanas, zorras, furcias, busconas, cortesanas, cueros, hetairas, mujeres públicas, damas de la vida alegre, damas de la noche, primas, jineteras, pelanduscas, trabajadoras sexuales, trabajadoras del sexo…". Cuántas formas para nombrarlas a ellas y tan pocas para los hombres que pagan por sexo, nos recuerda con lucidez Susana Barradas en su libro Las otras de las otras, de la editorial Ariel, que ya está en librerías.
Se trata de un ensayo riguroso sobre la prostitución que interpela a los puteros y ve todas las fisuras de un sistema violento, arraigado en la desigualdad, la dominación masculina y narrativas culturales que han normalizado la violencia física y mental en contra de las otras, las mujeres de la "mala vida". Susana Barradas, portuguesa, doctora en Psicología, vive hace 15 años en Colombia y ha hablado con decenas de mujeres sobrevivientes de la prostitución. Quizá por eso entiende con tanta claridad que el feminismo no cuestiona las decisiones individuales de las mujeres, sino las razones que las obligan a tomarlas, como dice Celia Amorós. No estamos hablando del oficio más antiguo del mundo, sino de la demanda más antigua: la de un hombre que quiere acceder al cuerpo de una mujer que no lo deseó y lo logra a cambio de un precio, como dice la académica española Blanca Hernández Oliver.
En la historia, quienes siempre han sido cuestionadas y vistas como un problema para la sociedad han sido las mujeres prostituidas y nunca los varones que las prostituyen. En el siglo XX, por no ir tan lejos, las mujeres en prostitución fueron el blanco exclusivo del control sanitario, al considerarlas un foco de enfermedades de transmisión sexual. Una situación que no ha cambiado mucho desde entonces, porque el estigma y el control higienista sigue estando sobre ellas, mientras ellos permanecen en la opacidad. ¿Quiénes son estos hombres? En realidad, puede tratarse de cualquiera: "Los hay casados o solteros, jóvenes o viejos, con o sin estudios, médicos, abogados o escritores", apunta Susana en su libro y dice que, sin embargo, ninguno nació putero. Fue solo a partir del proceso de socialización de los niños y jóvenes que se les transmitió la cosificación, devaluación y deshumanización de lo femenino.
Por eso es tan revelador el ejercicio de investigación que hizo Susana en una de las decenas de páginas web que existen en Colombia donde se ofrece sexo pagado. Escogió la que tiene un número mayor de reseñas y fue en la que percibió una mayor interacción entre sus usuarios. Allí hablan de ellas como si estuvieran reseñando cualquier producto. Se piden detalles; las evalúan, por partes, y cuentan cómo se portan si son violentadas: "Fue la mamada de mi vida: yo agarrándola de las trenzas y ahogándola con la verga", escribió uno. "Muy porno, muchachos. Me pidió que le avisara cuando me fuera a venir… pero se me olvidó. Me vine en su boca. Ella lo escupió y me dijo: ¡No me dijiste! Pensé que se molestaría, pero sonrió y me limpió. Muy buena actitud", dijo otro.
Para Susana, en la lógica del putero, las mujeres son un genérico intercambiable, una alteridad sin características que las hagan humanas o las doten de personalidad: son como no personas que habitan un no lugar. Por eso contra ellas los niveles de misoginia y violencia son mayores. Contra ellas la crueldad es posible. ¿Cómo podemos aceptar que ese sea el "orden natural", irresoluble e inevitable de las mujeres y niñas abocadas a ser putas por ser vulnerables? Con toda razón la autora de Las otras de las otras termina su libro diciendo: "Cuando hablamos de erradicar la prostitución, hablamos también de nuestra añoranza de que el potencial de las mujeres y niñas no se vea truncado por un sistema que se enriquece con sus cuerpos y con sus vidas no vividas. En nuestro proyecto, el sueño es otro: que la infamia y la crueldad jamás vuelvan a ser destino".
Adenda: Para quienes quieran seguir deshilvanando este tema, el miércoles 16 de septiembre, a las seis de la tarde, estaré en la Librería Matorral, en Teusaquillo, conversando con la autora de este ensayo y la abogada Helena Luna Hernández.