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Nombrar la vulva

Natalia Herrera Durán

03 de septiembre de 2026 - 12:06 a. m.

La portada era fucsia y el título sugestivo: “Pussypedia”, de la periodista estadounidense Zoe Mendelson, ilustrado bellamente por la mexicana María Conejo. Estaba encima de una repisa en un salón de la sede principal de la Asociación Sueca para la Educación Sexual (RFSU), en el centro de Estocolmo. Lo vi y lo ojeé con curiosidad. Tenía información médica y científica sobre la anatomía de la vulva; hablaba de salud sexual, bienestar y placer, sin estigmas; explicaba la estructura real del clítoris, el ciclo menstrual, la variedad que hay de métodos anticonceptivos; indicaba cómo es el dolor pélvico y mencionaba, entre otros asuntos, la masturbación femenina como una exploración libre de culpa.

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Era el inicio de la primavera de 2022. Uno de los funcionarios de la institución sueca (encargada de la política pública en educación sexual que imparten desde la infancia) me vio interesada en el libro y me contó que había llegado hace poco, pero que ya era de infaltable consulta con adolescentes, a partir de los 14 años. Me dijo que el punto de partida del modelo es la idea de que si los jóvenes ven que los asuntos sexuales están rodeados de silencio, secreto, vergüenza y miedo, llegarán pronto a creer que algo anda mal con sus propios sentimientos sobre la sexualidad, por eso prefieren abordarla con naturalidad.

También contó que, en los últimos diez años, han buscado centrar la educación sexual en el bienestar y placer femenino, porque si una niña crece con ese autoconocimiento es probable que con los años sea una mujer que advierta e interpele la violencia machista con mayor facilidad. Al tiempo que si un niño se forma en el bienestar y placer femenino (más allá del porno que está a un click de distancia y lo distorsiona todo) podrá reconocer, en su adolescencia y adultez, que el deseo no se compra y el amor se gana sin violencia y en igualdad. Suecia fue el primer país del mundo en hacer obligatoria la educación sexual en las escuelas en 1955 y hoy mantiene una de las tasas más bajas de feminicidios en el mundo, así como sigue siendo uno de los países más seguros y con mejores condiciones de vida para mujeres y niñas.

No he podido dejar de pensar en la “Pussypedia” en estos días. Es indiscutible que desde la posesión de Abelardo de la Espriella, la política de Educación Sexual Integral (ESI) e infancia ha registrado un viraje sustancial, apoyado por sectores conservadores y religiosos.

Primero, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) compartió una directiva de la directora, María Carolina Restrepo, en la que borró la palabra niña y ordenó hablar de niñez en las comunicaciones oficiales de la entidad. Al día siguiente, el 20 de agosto, al término de una reunión con las directivas conservadoras en la sede del Partido Conservador, la ministra de Educación, Viviane Morales (quien como senadora promovió un referendo para que las parejas del mismo sexo no pudieran adoptar y como funcionaria ha rechazado la despenalización del aborto por parte de la Corte Constitucional) aseguró que van a auditar los lineamientos del programa de Educación Sexual Integral (ESI). Subrayó que se va a “sacar la ideologización del país y a respetar el derecho de los padres en la educación”, ya que “ha habido una campaña que ha metido una cantidad de sutiles movimientos para apoderarse de la enseñanza y de la educación de los hijos, especialmente en el programa de educación sexual integral”.

Lo más preocupante es que mientras se instala el silencio y el tabú en las aulas, la violencia hacia la infancia y la adolescencia no cesa. El más reciente Boletín Estadístico del ICBF reveló que solo en 2026 se han ingresado 21.242 niños, niñas y adolescentes al Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos (PARD). De esos, la causa número uno sigue siendo la violencia sexual. Estamos hablando de que en lo corrido del año, el Estado ha retirado a 7.175 niñas, niños y adolescentes de sus entornos familiares porque sus cuerpos fueron abusados y violentados sexualmente. El 86 % de esos casos se trataron de niñas y mujeres adolescentes (sí, niñas, no niñez).

¿Qué vamos a hacer con esta sociedad pacata e hipócrita que antes de formar en educación sexual prefiere mantener el “orden de las cosas”: el burdel al lado de la iglesia del pueblo, porque quien peca y reza, empata? Una sociedad que elige gobiernos que no quieren atender la violencia machista, ni nombrar a las niñas y, mucho menos, la vulva.

Por Natalia Herrera Durán

Periodista de Investigación. Trabajó en El Espectador desde el año 2010 y durante 15 años. Le interesan los temas sociales y de denuncia.@Natal1aHnataliaherrera06@gmail.com
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