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El acto de posesión del presidente de los Estados Unidos podría traducirse ligeramente como “Inauguración”. Y en esta oportunidad la idea de inauguración, no de un periodo presidencial, sino de una nueva era política, parece más que apropiado.
El establecimiento norteamericano fue tomado completamente por sorpresa con la elección de Trump. Primero, en su partido, y luego en las elecciones generales. Pese a que sus victorias se iban acumulando, siempre se creyó que en algún punto pararían. Y no fue así.
Hoy todavía muchas personas tienen la esperanza que el gobierno de Trump será más cercano a lo que ha sido la historia política reciente de los Estados Unidos, que a lo que fueron sus promesas de campaña. Que una vez llegue al puesto se va atemperar. Una cosa es lo que se dice de candidato y otra lo que se hace de presidente. Pero hasta ahora el nuevo presidente no ha dado ninguna señal de que tomará dicho camino. Ni con sus declaraciones, ni con sus actos como, por ejemplo, la selección de su equipo de gobierno.
Es por esto que podemos estar ante la inauguración de una nueva era política al menos en cuatro temas distintos. En primer lugar, en materia de relaciones internacionales. No solamente en la relación entre Estados Unidos y otras potencias, como es el cambio de relación con Rusia o las tensiones innecesarias con China. El liderazgo positivo que aún puede jugar Estados Unidos en el mundo en temas vitales como el cambio climático, la democracia y la protección de los derechos humanos pasará a un segundo plano.
En segundo lugar, Trump inaugura una relación distinta en el ejercicio del poder público. La lucha anticorrupción de las últimas décadas ha buscado transparentar al máximo las relaciones entre poder público y privado, así como el impacto de los intereses y dinero de este último en la toma de decisiones públicas. La negativa de Trump de hacer transparentes sus inversiones, negocios e intereses; el nombramiento de personas de su familia en el gobierno; y su negativa a separar el crecimiento de sus negocios de la función pública, van en contravía total con esos esfuerzos.
En tercer lugar, la relación entre gobierno y prensa no será la misma. En general, la relación entre información y política cambió radicalmente durante esta campaña y la creación y difusión de noticias falsas de manera intencionada. Con el poder del Estado a su cargo, la posibilidad de crear información a conveniencia es mucho mayor. Recaerá entonces en la prensa la labor de contestarla y demostrar, cuando existan, las distorsiones de las fuentes oficiales. Pero nada de esto será fácil con la retórica de Trump, que como se vio en la única rueda de prensa que concedió a los medios, aprovechó para negar preguntas a un reportero de una cadena de noticias y de acusarlo de ser su medio el que plantó las noticias falsas.
Finalmente, sin duda existirá un cambio de las relaciones entre mandatario y su pueblo. La versión populista de Trump seguramente será explotada al máximo en su gobierno. Al fin y al cabo, ganó la presidencia con ese apoyo y en contra de todo el establecimiento. Lo que más asusta de este populismo es su sectarismo. No es un intento de conectar con el pueblo, sino con un sector específico, aun a costa de los derechos de otros ciudadanos.
Habrá que ver hasta qué grado llegará el efecto contagio de esta forma de política en el resto del mundo. Las instituciones tendrán un duro examen y de su fortaleza dependerá que no se expandan los retrocesos democráticos.
* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia
