Uno de los primeros recuerdos de Raven Kaliana es que sus padres la llevaron a un estudio fotográfico, le dijeron que se portara bien y la dejaron con un pornógrafo infantil. En frente de la cámara, un hombre la violó.
Ella piensa que tenía cuatro años de edad.
Mientras estuvo en la escuela primaria, en un lugar del oeste de Estados Unidos, los padres de Kaliana la llevaban a los estudios en las vacaciones y en los fines de semana largos. Sus padres decían que esas correrías servían para pagar las cuentas y que ella se repondría.
“Para cuando tenía 11 años mi valor empezó a disminuir, pues ya me veía más adulta”, recuerda Kaliana. “Así que empezaron a ponerme en películas más peligrosas, haciendo cosas que implicaban torturas, violaciones masivas o fetichismos extremos”.
Pese a todo, Kaliana triunfó: cuando estaba en la universidad escapó del control de sus padres, se cambió el nombre y se dedicó a combatir el abuso infantil. Produjo una obra de teatro con títeres y un corto cinematográfico, Hooray for Hollywood, basándose en sus propias experiencias.
Actualmente, Kaliana vive en Gran Bretaña y quiere que su película —en la que aparecen títeres y no es para nada explícita— sirva para despertar la conciencia sobre el abuso infantil y fomentar un debate franco sobre ese problema.
“Esto sucede en todo el mundo; a mí me sucedió en Estados Unidos”, declaró durante una visita a Nueva York. “No es necesariamente que secuestren y se lleven a los niños. Muchas veces es alguien en quien confía el niño: familiares, el ministro religioso, el entrenador deportivo”.
La industria de la pornografía infantil es una faceta del abuso infantil que ha crecido enormemente con el auge de internet, pero que es muy poco conocida.
Un estudio del Departamento de Justicia de Estados Unidos indica que en 2009 se detectaron 21 millones de direcciones IP que compartían archivos de pornografía infantil; de ellas, más de nueve millones estaban en Estados Unidos. No se puede saber cuántos individuos representa ese número, pues algunas personas pudieron haber usado varias computadoras.
Tampoco se sabe cuántos niños son obligados a producir pornografía, pero en 2011 autoridades judiciales de Estados Unidos entregaron más de 22 millones de tales imágenes y videos al Centro Nacional de Niños Desaparecidos y Explotados para que tratara de identificar a las víctimas.
Con enorme frustración, la policía detectó a una niña que llamó Vicky y que era violada año tras año; ella fue creciendo a lo largo de desgarradoras imágenes en la pantalla. Finalmente fue localizada y su padre fue arrestado por explotarla.
A veces existe la idea de que la pornografía infantil son chicas adolescentes que se quitan la blusa frente a las cámaras. Eso no es ni remotamente de lo que estamos hablando.
“Si fuéramos a volver a empezar, no la llamaríamos pornografía infantil”, afirma Ernie Allen, presidente del Centro Internacional de Niños Desaparecidos y Explotados. “Esto es diferente. Esto no es pornografía. Estas son fotos de la escena de un crimen. Estas son fotos de maltrato infantil”.
De las imágenes examinadas por el centro nacional, el 76% implican a niños impúberes sin características de maduración sexual. Uno de cada diez es bebé o menor de tres años.
Más de las tres cuartas partes de las imágenes implican penetración sexual y 44% se refieren a prácticas de ligadura y sadomasoquismo.
“La gente no tiene ni idea del tipo de material y de lo horrible que es”, afirma Julie Cordua, directora ejecutiva de Thorn, organización que combate el tráfico sexual mediante tácticas digitales. “Esta es la documentación del peor tipo de maltrato que puede sufrir un niño”.
Los órganos judiciales han logrado avances y la pornografía infantil ya no está fácilmente disponible a la venta en internet, no es fácil de encontrar en las búsquedas ni en los sitios web. Más bien suele negociarse con ella en redes de par a par o en salas de chat protegidas por contraseña. Para impedir el acceso de los investigadores, en ocasiones la única forma de entrar es proporcionando una foto que muestre a un niño con el nombre de su abusador escrito encima.
Apenas hace unos días, las autoridades hicieron 14 arrestos en conexión con un sitio de pornografía infantil protegido por contraseña que tenía 27.000 miembros. En las fotos del sitio se identificaron más de 250 niños que habían sido maltratados, el menor de los cuales tenía sólo tres años de edad, procedentes de 39 estados de EE.UU.
También siento simpatía por el hacker anónimo que hace poco echó abajo un sitio de entrada en la “Web Obscura” —usada para todo tipo de propósitos ilegales— y borró de ahí los vínculos de pornografía infantil.
Si bien es importante castigar a los responsables, también es crítico ofrecerles ayuda a los pedófilos que la deseen, con el fin de prevenir abusos. En Alemania se transmiten anuncios de servicio público para que los pedófilos llamen a un número telefónico y reciban asesoría. Valdría la pena probar eso en Estados Unidos.
En cuanto a Kaliana, ella ya no está en contacto con sus padres, por quienes tiene sentimientos muy complejos, entre los que está el miedo.
“Cuando era niña los amaba mucho, aunque me hicieron cosas horribles”, declaró. “Ellos no querían ver. Siento lástima por ellos”.