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De la isla al safari, del Lolita Express al Black Hawk

Nicolás Rodríguez

09 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Que esté lejos (pero de qué), que sea de difícil acceso, que no se pueda escapar… esta y otras características de la isla Epstein han sido resaltadas. Ubicada en el Caribe y llamada Little Saint James, en la pequeña isla a la que solo se podía llegar por aire o por mar se habrían producido abusos sexuales y tráfico de menores de edad.

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Se especula sobre la identidad de los que habrían participado junto a Jeffrey Epstein y su círculo de poder. Entre correos, registros de vuelo y documentos judiciales desclasificados desfilan los nombres de los potenciales invitados a la isla: empresarios, financieros, promotores inmobiliarios, expresidentes. Hasta príncipes: después de todo, se trataba de una isla rodeada de corales, equipada con lujos, mimada por su millonario dueño.

La insistencia en las características obvias de toda isla lleva también a suponer que Epstein y los suyos actuaron aislados, al margen, protegidos por la distancia y el secretismo. Un error si se piensa que por encima de la isla (o el monstruo) lo que prima es el entorno, el ambiente, el medio. Epstein por sí solo no habría sido el depredador del que tanto se habla. Más allá del lugar en el que se habría dado una coyuntura que las leyes gringas llamarán excepcional (la isla de un pedófilo), habría que iluminar el proceso que llevó a que Epstein, desde lo cotidiano, amasara el poder que llegó a tener.

Por ahí pasaron, como se sabe, gestores de fondos, banqueros y diplomáticos. Pero también universidades y centros de investigación y tecnología. El prestigio económico y político iba con el intelectual. Un hábil hijo del establecimiento igualmente apadrinado por ex funcionarios de inteligencia y consultores de la seguridad y la defensa. A la figura del depredador solitario que trabaja desde su isla secreta le hace falta contexto.

En lo local tenemos también las imágenes desclasificadas de Ghislaine Maxwell posando con uniformes propios de las fuerzas aéreas colombianas y alardeando en correos de sus viajes en helicóptero. Maxwell fue declarada culpable de tráfico sexual de menores y de ser, en últimas, la reclutadora. No ha pasado inadvertida, como era de esperarse, su amistad con el expresidente Pastrana, que también tiene su propia foto con Maxwell en los archivos Epstein debidamente disfrazado de Top Gun.

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Aquí valdría más preguntarse por las implicaciones del safari organizado por el expresidente que por la veracidad de sus supuestos nexos con Epstein. Es más, hasta ahora Maxwell ha hecho explícito que nunca vio a Pastrana en uno de los vuelos que transportaban menores de edad hacia la isla. El viaje aéreo en plan entre turístico y aventurero, por el contrario, ha sido normalizado como un hecho pintoresco. Del avión apodado Lolita Express, que con justa razón ha cautivado la atención, habría que transitar al helicóptero Black Hawk que Maxwell dice haber piloteado.

Si volvemos a los tiempos del Plan Colombia, que todavía algunos defienden pese al ecocidio que significó para el sur del país que lo bombardearan con glifosato, es aterrador que el territorio nacional fuese un campo de diversión aérea. Desde el punto de vista de Maxwell, Pastrana y tantos más, Colombia era otra isla.

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