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En uno de sus ensayos más polémicos —“Noticia de la actual literatura brasileña: Instinto de nacionalidad”, publicado en Novo Mundo el 24 de marzo de 1873—, Machado de Assis apunta: “Poesía, novela, todas las formas literarias del pensamiento buscan vestirse con los colores del país, y es innegable que semejante preocupación es síntoma de vitalidad y futuro prometedor”. ¿De “vitalidad”? ¿De un “futuro prometedor”? Evidentemente, no se puede descartar que sea una ironía del autor.
El color local nunca ha sido un buen aliado en materia literaria. Es más: en muchas ocasiones se ha encargado de arruinar un número considerable de literaturas que han intentado reflejar la identidad de una nación falseando la verdadera identidad. Machado de Assis dice: “No hay duda de que una literatura, sobre todo una literatura naciente, debe principalmente alimentarse de los asuntos que le ofrece su región; pero no establezcamos doctrinas tan absolutas que la empobrezcan”. Esta cita tiene varias claves. El reconocimiento, por un lado, de que la literatura brasileña recién se está formando y por lo tanto está en un proceso de dinamismo, de insubordinación: adopta o desdeña los modelos extranjeros y se resiste a las fijaciones propias de otras literaturas mucho más “trajinadas” o, si se prefiere, “adultas”. No mayores, pero sí “adultas”.
Y, por el otro, la recomendación del uso del color local, aunque al mismo tiempo señala los riesgos inherentes de tal utilización. De todos, el principal sería la apropiación desmedida de los rasgos pintorescos en la constitución de una identidad. En este nivel habría que evitar el tono y —sobre todo— los recursos de las guías turísticas, ya que de lo contrario el escritor se convertiría en un correcto difusor de determinado territorio, en un manipulador de conceptos preconcebidos. En otras palabras: la realidad local (sea la que sea) se convertiría de golpe en una materia disponible para la banalización. Y además alejarían a esa realidad de su esencia única e irrepetible.
Con todo, habría que afirmar, como Machado de Assis afirma hacia el final de su ensayo, que la literatura brasileña al parecer tiene buena salud: “Imaginación vivaz, delicadeza y fuerza de sentimientos, gracias de estilo, dotes de observación y análisis, ausencia a veces de gusto, carencias a veces de reflexión y detenimiento, lengua no siempre pura ni siempre copiosa, mucho color local, son, en líneas generales, los defectos y las excelencias de la actual literatura brasileña, que ya ha dado bastante y tiene un futuro indudable”. ¿Pero dónde residirá el éxito de ese “futuro indudable”? Como no hay afirmaciones concluyentes podemos entonces aventurar una respuesta temporal. En este sentido el futuro de la literatura brasileña (y de cualquier literatura que pretenda alcanzar una identidad) podría residir en la lengua, en los desvíos, los usos, los abusos y las impurezas de esa lengua, y también en la destreza o la clarividencia de cualquier escritor local a la hora de entender y trabajar su propia lengua como si fuera una lengua extranjera, una lengua que no controla del todo, pero que al menos le sirve para recrear las intimidades de su realidad.
