Tan pronto escogió su fórmula vicepresidencial Iván Cepeda, empezaron las preguntas. Algunas sobre su salud, que hasta la fecha ha contestado con paciencia. Otras sobre lo que implicaría que gobierne Aída Quilcué, en el caso hipotético de su ausencia. Y unas más ya abiertamente entradas en el racismo de siempre: ¿una mujer indígena? ¿Pero cómo?
En el trasfondo de estas elecciones, que muchos han etiquetado con sus dosis de drama habituales como de vida o muerte, hay un debate sobre si nos acercamos, ahora sí, al fin de la democracia: un tropo común cada que un candidato electoral progresista participa.
Por supuesto, olvidan los más cínicos que la democracia colombiana, con todo y sus limitaciones, ha sobrevivido a décadas de orden y violencia, para retomar el título del libro del sociólogo francés Daniel Pécaut, publicado a finales de los ochentas. Eran épocas de carteles, guerrillas, autodefensas y no pocos desmanes por parte del Estado colombiano y sus fuerzas militares. Desde entonces, no son pocos los cambios ni en la administración del supuesto orden ni en la práctica de las violencias.
Por sobre todo, han evolucionado las posibilidades de una ciudadanía que extiende sus derechos políticos a sectores tradicionalmente olvidados. Ahora hay, por ejemplo, un lenguaje político que va más allá del binomio “orden y violencia”. No solo no estamos ante el fin de la democracia. Si algo queda claro con la posibilidad de integrar a Aída Quilcué al pacto político, cualquiera sea la amenaza racista que eso suponga para tantos medios de comunicación que sin filtro transmiten sus sesgos, es que habrá más y no menos democracia.
Lo mismo puede decirse de la defensa de los derechos humanos por parte de Iván Cepeda, en un país con más de 10 millones de víctimas del conflicto armado.
Otra cosa opinan, sin embargo y por supuesto, los candidatos presidenciales Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia.
Según Abelardo de la Espriella, llegó la hora de recuperar el país. Como si lo hubiésemos perdido durante el legítimo y sano ejercicio de la ciudadanía que votó por Gutavo Petro. Con todo y lo que se le pueda criticar a su administración, que no es poco, pero está lejos de ser el fin de la democracia.
Paloma Valencia no se queda atrás: “el campanazo de Petro, sentir cerquita el fin de la democracia colombiana…”, así se expresa en una entrevista la candidata presidencial que dice representar ya no a Uribe y sus formas sino al mismísimo centro. A Paloma Valencia el ejercicio político de la ciudadanía se le antoja el inicio de su final.
Y por ahí vamos. La democracia no solo está en juego sino que la vamos a enterrar. Si no es con ella o con él, no se salva nadie…
Pues bien, quizás lo que estas elecciones presidenciales ponen en evidencia no es el límite de la democracia colombiana sino el desplazamiento de algunas de sus certezas más tradicionales.