En la teoría el diagnóstico está claro: se acabó el orden liberal internacional. No es que haga crisis es que dejó de existir. Lo explican los politólogos especializados en el campo de las relaciones internacionales. Lo corroboran los historiadores, lo repiten los medios de comunicación, lo retoman los comentaristas ocasionales. Parecería ya un lugar común, reiterado por Trump en sus discursos, pedidos y pataletas: queremos Groenlandia (o Islandia, da igual si confunde lo uno con lo otro) porque somos más fuertes y sus leyes y normas del derecho internacional son un lenguaje de elfos que no aplica en nuestro juego de Risk.
Lo articuló con más elocuencia el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos: si no estás en la mesa eres el menú. El orden que le siguió a la Segunda Guerra Mundial y las normas que lo soportaban, sugirió Carney, era una ficción. La lógica de la fuerza vuelve a imponerse. Por encima de la cooperación, cualquiera que esta sea, prima la coacción…
Dicho esto, también vimos una imagen que se viralizó, proyectada por el “Board of Peace” en Davos por el mismo clan trumpista encargado de reiterar que no todo es como se supone y que el viejo orden liberal en realidad sigue en pie. Por si se necesitaba un recorderis, uno bien explícito por lo demás: en colores alegres (por supuesto pasteles) y para todos los invitados, fueron reproducidas las fantasías urbanísticas para una nueva Gaza, en Palestina, con rascacielos ecológicos, alusiones obligadas a la infraestructura y una costa digna de cualquier paquete turístico inspirado en un Miami salido de la imaginación ya no solo de Trump y sus herederos, sino de toda la parafernalia tecnológica y urbanística que le acompañan y que ya en este punto, en este nuevo viejo orden, tiene vida propia.
Del Board of Peace bastará decir que lo impulsan, entre otros, personajillos como Marco Rubio, Jared Kushner y Tony Blair. Una seguidilla de malas noticias. El nuevo orden mundial prometido va más allá de la estética de los rascacielos y más bien tiene por imagen central y definitoria al propio Trump. Que acaso sea lo mismo. Acá la paz es un anhelo renderizado al estilo de cuando los políticos criollos nuestros transforman ríos contaminados en paseos europeos con renos, zorros, ciervos, linces y gente corriendo con batidos en la mano.
Es un board, una gloriosa junta, de personas alegremente invitadas a posar para la foto de un nuevo orden que sigue siendo, no sobra repetirlo, exactamente idéntico al que los palestinos ya estaban sometidos. O peor como quiera que lo pretenden erigir, sin justicia alguna, en el suelo de un genocidio.