Alguien decía en uno de los obituarios que se le hicieron a David Hockney, el artista británico que le puso color al rojo y el morado y el amarillo y el verde (el pintor que le dio vida al ya alegrísimo pop sin reducirlo a la sola crítica de la cultura de consumo), que muchos de sus cuadros plantean caminos que parecerían ir hacia alguna parte. Sus paisajes costumbristas, probablemente inspirados en los de la región de Yorkshire, según lo explican los que conocen su obra, no son tan reconocidos como las ya icónicas escenas acuáticas de Los Ángeles, en las que piscinas, casas y espacios de sol cuentan otras historias.
En épocas de elecciones, fascismos e inteligencia artificial, quisiera volver a los caminos, los senderos y las rutas que pintó Hockney e insistir no solo en la luz y los colores, sino en el mensaje, si es que lo hay. Probablemente no. O, con seguridad, que no es por ahí. Restringir a Hockney a un mensaje ya sería por definición entregárselo al pensamiento totalitarista. A lo mejor lo que pretendían esas vías que tantas veces dibujó, en ocasiones con bifurcaciones, era invitar a los espectadores a recorrer visualmente los mundos planteados, a imaginar que otros estados de ánimo son accesibles, que otros mundos son posibles.
Parecerá forzado el contraste, pero tras la muerte de Hockney viene bien considerar lo monocromática que es la verborrea visual que supone la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella, dibujada toda por una inteligencia que es, en el sentido exacto del término, artificial. Cualquiera sea el video que se escoja como ejemplo, más allá del personaje del tigre patriotero y violento, que ejerce su dominio desde la obviedad de su fuerza y ferocidad, no es mucho más lo que propone la propaganda con la que el equipo de De la Espriella inundó redes sociales y teléfonos.
En las manos de sus estrategas, el candidato a presidente, diseñado por una inteligencia artificial dateada con las historias de éxito de otros actores políticos igualmente acostumbrados a gritar en colores, solo podría haber sido una copia desmejorada de unos originales ya de por sí indignos de ser replicados. La receta con la que la inteligencia artificial licuó a Trump con Milei y Bukele es tan tóxica como falsa.
Un plagio chillón que apunta para todas partes: la patria colombiana defendida desde Miami, el catolicismo del ateo, las palabras duras contra la corrupción y la defensa jurídica anterior de los que pretende atacar, etc, incluida la homofobia, el machismo y demás cerezas en el pastiche.
En fin, buscarle la coherencia a un candidato ideado con inteligencia artificial no lleva a ningún camino. Todos sus senderos son el mismo punto muerto, que nunca arranca ni termina, pero pretende ir a todas partes. Una pesadilla cargada de estridencias, insultos, señales contradictorias y chalecos antibalas. Nunca es tarde para escapar de semejante callejón sin salida. El voto en blanco es un lienzo más que la inteligencia artificial sabrá convertir en luces que encandilan.