Lula dice que Brasil no cabe en el patio trasero de nadie. De la Espriella pretende que Colombia sea un jardín más de Mar-a-Lago con polígono y gimnasio para entrenamiento militar.
Repasemos los hechos.
Hace un par de semanas, durante su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, Trump afirmó que “los carteles son el Estado Islámico del hemisferio occidental”. En ese mismo discurso, recordó que había designado los “carteles de la droga” como “organizaciones terroristas extranjeras” y que las fuerzas armadas de Estados Unidos habían sido desplegadas para “eliminarlos”.
Una invitación formal a celebrar otro fecundo casamiento entre la guerra contra el terror y la guerra contra las drogas, del que nacería una nueva versión de la criatura contemporánea del “narcoterrorista” (que ya había sido engendrada en experimentos previos de inseminación discursiva, en épocas del Plan Colombia y la política de seguridad democrática del uribismo).
Mientras la guerra contra el terror es una guerra contra el miedo (una emoción), la de las drogas ahora estaría dirigida a la figura de un cartel. Dos guerras que no tienen ningún final. Dos guerras que nadie sabe exactamente contra qué o quiénes están declaradas. Las dos están dedicadas a engendrar unos enemigos igualmente etéreos y fantasiosos.
Y como el malabarismo discursivo pasó de agache con impunidad tanto en los Estados Unidos como entre los entusiastas presidentes de la extrema derecha latinoamericana, la pesadilla retórica tomó alientos institucionales, fuerza combativa letal y no poca legitimidad (incluso entre políticos colombianos de centro y centro derecha, que se decían tan preocupados por el futuro de la democracia).
Por un lado, tenemos la Operación Lanza del Sur, con la que se han ensañado contra embarcaciones pequeñas y medianas. Ben Saul, el relator especial de la ONU sobre derechos humanos y lucha contra el terrorismo, calificó recientemente los ataques como “ejecuciones extrajudiciales sistemáticas” (más de 70 embarcaciones bombardeadas y cerca de 240 tripulantes asesinados).
Por otro, la designación de “organizaciones terroristas extranjeras” ya mencionada para los supuestos carteles y su aplicación según discreción política y necesidades electorales. En Brasil, por ejemplo y como señal de buen entendimiento con la familia Bolsonaro y su plataforma de mano dura contra el crimen, procedieron a meter en la lista al Primer Comando de la Capital y al Comando Rojo.
Tenemos también la Operación Resolución Absoluta, que culminó con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y el proceso que llevó a suplantar un gobierno malo y dictatorial por uno imperial e igualmente ladrón. Así como el anuncio de operaciones conjuntas de fuerzas estadounidenses y ecuatorianas, o la creación de la “Coalición de las Américas contra los Carteles”. Junto con la articulación con el “Escudo de las Américas”, que apunta a una estética de superhéroes con poderes por encima de las nimiedades terrenales de los encargados locales de velar por el respeto de las leyes y los derechos humanos.
Ahora ya vamos en que el Comando Sur, la estructura militar estadounidense que dirige y coordina todas estas impunes operaciones militares en América Latina y el Caribe, activó una nueva fuerza de tarea para coordinar operaciones en el hemisferio. Recién les mandaron drones militares MQ-9 Reaper, que estaban desplegados en otros escenarios regionales bélicos y con los que pueden acentuar la vigilancia y lanzar ataques con misiles. El General Francis Donovan, jefe del Comando Sur, afirmó incluso que está contemplado extender los ataques del mar a tierra firme.
“Queremos tener todas las opciones sobre la mesa”, explicó Donovan, como si hasta la fecha el banquete hubiese sido muy frugal.
Y hace pocos días nos enteramos por The New York Times del futuro despliegue de cientos de soldados estadounidenses en la región. Un primer y entretenido entrenamiento se hará en la selva panameña (en la jungle tropical que despierta la nostalgia de los tiempos de Vietnam) y luego vendrían posibles actividades en Colombia y Honduras.
A Trump y sus aliados en el gobierno cleptocrático que reina en los Estados Unidos habrá que reconocerles que se aplicaron en la tarea y que lograron imponer su agenda política y militar pasando por encima de cualquier noción básica de respeto a la soberanía. No hay patria que valga.