Antes de ir a Colombia conviene darse una pasada por los Estados Unidos, cuyo sistema político ha sido vendido desde hace tanto tiempo como excepcional.
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No se trata únicamente de la violencia explícita que todos hemos visto en Minneapolis tras el asesinato de dos ciudadanos a tiroteo puro y duro por parte de los gorilas encapuchados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), o de las protestas que parecería que lograron una pausa. No es la primera muestra de desproporción, matoneo estatal y deriva autoritaria. Tampoco será desafortunadamente la última.
Lo que sí pasa de agache entre tanto desmadre, camuflado entre comunicaciones oficiales desplegadas para justificar lo injustificable, es lo que está en juego políticamente para los que han tomado las decisiones: bajar en las encuestas es una cosa, perder el poder en las siguientes elecciones, tanto para el Congreso como para la Presidencia, es otra. Un impensable cuando la apuesta ha sido tan alta, violenta y decididamente temeraria.
Entre más cruzan las líneas rojas los que detentan el poder en los Estados Unidos, más pesada se pone su contienda política, hasta que deja de tratarse de la simple alternancia en el poder y pasa a convertirse en un juego existencial. Uno de vida o cárcel: perder el poder es un imposible, quedárselo es obligatorio…
Y ahora sí volvamos a Colombia, en donde sectores de la oposición insisten en que la continuidad del proyecto político que encarna la Colombia Humana es un cataclismo, una catástrofe. Un camino peligrosísimo del que no habría retorno. Si Cepeda gana iríamos hacia el abismo. Sería el fin (o su continuación, como quiera que entre algunas de estas voces, la elección presidencial de Petro nunca fue asumida como legítima para empezar).
La cantaleta casi religiosa de la llegada del fin de los tiempos la encarna Uribe con sus burdas y viejunas maneras de siempre, la repiten en su colectividad felizmente y la retoma más de uno en el autodenominado centro, del que se esperaría un relato menos antidemocrático.
Razones para dialogar la candidatura de Cepeda en tanto que representante del continuismo hay varias.
Defender lo hecho en el sector de la salud requiere más de una voltereta retórica. La sola cercanía, queriendo o sin querer, a la maquinaria electoral que mueve el ministro Armando Benedetti impunemente es motivo de preocupación. La participación de Cepeda en la política de la Paz total es un tema mayúsculo.
Y de seguro habría más para debatir.
Mientras tanto, y como era de esperarse, se habla de su supuesta afiliación con las FARC-EP, que ya ni existen como tales. O se le cuestiona por su amiguismo con el castrochavismo, que nunca fue una realidad practicada por Petro y tampoco encarna Cepeda.
La oposición podría limitarse a pedirles cuentas a quienes participaron en una política de paz tan bienintencionada como mal ideada y peor ejecutada. En democracia, los errores serios en los lineamientos y la ejecución de las políticas públicas dan para perder elecciones. No son motivos de cancelación.
Por sobre todo, tampoco son razones para entrar en las narrativas fatalistas que diagnostican el final de los tiempos. La idea de frenar a Cepeda, que sigue siendo un excelente candidato, con lo que toque y como se pueda, nos lleva directamente a la caída de los gringos bajo Trump.
Esa sí en picada.