Es fácil tomar distancia de la candidatura presidencial de Abelardo de la Espriella. Después de todo, no hay contenido en sus formas más allá de la fantochería. Destripar la izquierda, acabar con la plaga comunista, defender la patria, firmes con la familia, soy el tigre, rujo y muerdo… no sabe uno en qué momento empieza el humano y qué es parte del abuso de la inteligencia artificial con la que diseñaron la campaña.
Para no insistir en el contenido del remedo de programa, que es tan original y genuino como lo fueron en su momento las fotografías de personas con 11 y 13 dedos en las manos que solían producir los primeros generadores de imágenes con inteligencia artificial. Es apenas entendible el rechazo a tanta engañifa.
Lo que no queda claro es porqué de ahí algunos han transitado a hacernos creer que el caso de Paloma Valencia es diferente.
Por mucho que se esfuercen en colorear una Paloma amigable y conciliadora, son más de 10 años de militancia en el ala menos digerible del uribismo. No hace mucho trataba de asesino en el Congreso a Iván Cepeda: “no me mate señor Cepeda, no me mate”. Sus posiciones frente a la JEP y la paz firmada bajo la administración Santos son por todos conocidas. Sus ideas sobre la posibilidad de un apartheid en el Cauca también.
Pero retomémoslas. “Un referendo para decidir si partimos el departamento en dos, un departamento indígena para que ellos hagan sus paros, sus manifestaciones y sus invasiones, y un departamento con vocación de desarrollo, donde podamos tener vías, donde se promueva la inversión”: así veía el mundo no hace mucho la fiel representante del uribismo. Allá al otro lado ellos, esos; de para acá, nosotros. Ellos allá, en el pasado; nosotros, en el futuro. (Y esta es la derecha mansita, tan incluyente y respetuosa de los derechos ciudadanos, con la que la casa Galán se juega lo que le queda de liberal).
En el ADN político de Valencia están tan tatuadas las andanzas ideológicas de su mentor que es inconcebible que alguien pueda creer honestamente en su transformación.
Y, sin embargo, acá estamos.
“Creemos profundamente en el respeto a la intimidad. Eso no se discute en este partido. Y la mejor acción afirmativa es que no haya discriminación”: palabras de Álvaro Uribe en la presentación de Juan Daniel Oviedo, la fórmula vicepresidencial de su pupila. Seguidas como era de esperarse de un ya conocido: “pero tampoco se pueden discutir los derechos de los niños”, como equiparando el homosexualismo con el peligro para los menores, una desviación moral.
En cualquier otro caso, la imperdonable torpeza se habría manejado como un lapsus: acá la conexión entre una y otra cosa, tan propia del Uribe defensor de la familia del papá y la mamá (sin “no heterosexuales”) se hace con la misma naturalidad con que Oviedo se presta para el momento.
Y encima aplaude.
Respeto a la diversidad y respeto a los niños: por poco y volvemos a los libretos a veces tan alucinatorios de la inteligencia artificial.