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Además de darle la mano tecnológica a las autoridades gringas y su Servicio de Inmigración y Control de Aduanas –el lamentable ICE que perfila, persigue y agarra gente en las calles–, Palantir Technologies ofrece el servicio de drones que participa en las guerras que felizmente han lanzado los militares bajo Trump y los suyos. También ayudan sus empleados y plataformas con las cadenas de abastecimiento, como buenos contratistas.
Se discute su uso de la Inteligencia Artificial al servicio del análisis de datos de inventarios, correos, cámaras, redes sociales, registros financieros, temas de transporte, satélites, sensores, puertos y en general posibilidades de predicción sobre cómo coordinar, optimizar, rastrear y, por supuesto, predecir. La inteligencia militar, que llaman. Sus poderes no se agotan en la fotografía del presente, lo suyo es detectar patrones y generar probabilidades sobre lo que va a ocurrir. Lo que está por pasar.
Diagnosticar el futuro, que no es cualquier cosa: tal persona se va a torcer, el de allá es un riesgo potencial, en esa zona evidentemente crecerá el riesgo… En el futuro, este será un criminal. Es más, tenemos el porcentaje, los porcentajes, los números (basados, claro está, en los sesgos que también podemos predecir los que nos preguntamos sobre el origen de tanta magia estadística).
Semejante oráculo digital, con todo y sus profecías algorítmicas, que debería ser rechazado por su determinismo tecnológico e ingeniería del comportamiento humano, ahora vende, también, bolsas de tela coleccionables. Entre los dueños de las decisiones sobre quién es o será un futuro problema, hay ahora espacio para comercializar accesorios, mercancía, souvenirs. Llaveros, cachuchas.
Más que una tecnología de vida o muerte, Palantir pretende ser una marca. Un estilo de vida. En azúl y estética cool, tipo jean, denim, con sus tres bolsillitos y diseño minimalista, por 239 dólares salió a la venta su chaqueta, inspirada en las que usaban franceses trabajadores, carpinteros, mecánicos y ferroviarios. Simple, funcional, sin demasiados cierres. Sus peores críticos no la bajan de “moda tecnofascista”. E igual ya se agotó.
El caso es puramente anecdótico, pero no deja de ser diciente. Tampoco es tan nuevo. La estética militar ya había sido denunciada, con suficientes razones, por feministas interesadas en los temas de seguridad. La gran Cynthia Enloe viene al caso: “la militarización es un proceso gradual mediante el cual una persona o una cosa pasa a ser controlada por lo militar o a depender de ideas militaristas para su bienestar”. La militarización, diría Enloe sobre los tiempos en que la Guerra Fría y los desmanes del ejército estadounidense eran el contexto, se mete en la vida cotidiana. Se filtra. No solo son los soldados, los aviones, los tanques y las bases militares. Es el diseño, la cultura empaquetada, aspiracional. La moda al servicio de la propaganda.
Pues bien, en los tiempos de Palantir y demás, el glamour ya no solo va de patriotismo, banderas y discursos patrióticos. Las tecnologías de vigilancia, control y predicción vienen camufladas en chaquetas azules a la medida. Hemos llegado a la glorificación del administrador de datos que gestiona con eficiencia el futuro.
