Una de tantas discusiones que ha pasado de agache entre las bravuconadas recientes del imperio gringo y las reacciones locales es la de la medición de las hectáreas de coca.
No hace mucho que el tema de la posible desertificación arrojó como titulares que Colombia, el eterno alumno díscolo, estaba por caer en la lista negra de los que no cooperan en ese baile eterno que llaman “lucha contra el narcotráfico”. De Colombia se dijo que ya no erradica como era de esperarse, no coopera ni cumple con sus obligaciones. Un paria.
Podría decirse en un sentido parecido que las cifras de los satélites en las que las Naciones Unidas basan su poderío no mienten. La cantidad de hectáreas cultivadas con coca sobrepasa las 250.000 y va en aumento. Un regaño transnacional ante el que el presidente Petro respondió con que las incautaciones de su administración son igualmente históricas y más encima le miden el aceite a los narcos por encima de los campesinos. El ritmo al que crece la coca, se argumentó también, no es el que ustedes dicen. Tenemos nuestra propia forma de demostrarlo.
Y por ahí vino el dilema de “la producción potencial de cocaína”. Otra mala noticia con la que Petro, con razón, no estuvo de acuerdo. Un agregado mágico que le juega a proyectar, a adivinar lo que está por pasar a partir de unas zonas específicas que no son necesariamente representativas del territorio nacional. Groseros errores metodológicos que la administración de Petro, según lo relató un completo y sugestivo artículo publicado en el periódico El País, pretende subsanar con la idea de la “cocaína disponible en el mercado”. Que cuente también el consumo, lo cosechado que ya no aporta, lo de aquí y por allá… hasta que la ficción tome distancia con respecto a la realidad.
En fin, si en un lado está el aparato propagandístico que es la empresa política Trump, en el otro tenemos a un presidente que se hizo elegir con una mano retórica sensible hacia los esfuerzos de subsistencia de las familias campesinas cultivadoras de coca y ahora va en que llegó otra vez la hora del glifosato.
No son lo mismo, desde luego, pero el debate sobre qué se mide y cómo merece ser rescatado. O mejor aún, para qué medimos lo que medimos. ¿Cuál es la razón de tanta sofisticación a la hora de determinar qué crece, dónde y en qué cantidades? O por dónde circula, que es algo que sería aún más contundente si de visibilizar fracasos regionales se trata. Es más y para ir a lo obvio, ¿quiénes y desde dónde controlan lo que se mide y con qué propósitos? Si apenas ahora despertamos a la historia contemporánea de lo que se mide y cómo, ¿cuál es su prehistoria? ¿Desde cuándo nos miden y con qué objetivos estratégicos? ¿Con qué autoridad y hasta cuándo?
Seguimos bajo la utópica retórica, tan infantil, moralista y fracasada como autoritaria, de un mundo libre de drogas.