“No se puede hacer política con eso” explicó con indecibles niveles de condescendencia el ministro del Interior Rodrigo Lara mientras recorría con el vicepresidente las calles de Buenaventura, comentaba lo que se requiere para la reconstrucción de las casas afectadas y hacía política. Con eso y como todos: firmes por la patria.
En cámara quedó registrado el penoso momento en que el presidente De la Espriella, en los momentos posteriores al terremoto, saluda, sonríe y lanza besos en un podio con las siglas de la UNGRD. Se argumentará que eran sus primerísimos instantes de gobierno y que es injusto no ofrecer ni ese mínimo compás de espera para que el candidato entre en el rol de presidente.
Igual no tardaron en desistir de las ayudas ofrecidas por otros países interesados en colaborar con sus equipos rescatistas con el argumento, por supuesto político, de que no tenían los certificados requeridos. Hay que ver la cara de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, leyendo la noticia… La que sí fue invitada, entre tanto, fue la delegación de ayuda del Estado de Israel, que bien podría haber tenido un rol protagónico en Gaza.
“No hay que politizar la tragedia” se lee por ahí en redes entre quienes se oponen a que se cuestionen estas y otras decisiones erráticas. Como si en la escogencia de la idea de una “tragedia” no hubiese ya un ejercicio de politización que nos regresa a un lenguaje religioso tradicionalmente empleado para socorrer a los damnificados por un castigo divino. Por aquí, como se recordará, ya pasamos.
Buena parte de la ayuda recibida en Armero tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz el 13 de noviembre de 1985 fue asumida con más lástima cristiana que solidaridad. El propio presidente Belsario Betancur sobrevoló el área de la devastación en lo que podría ser considerado un ejercicio de construcción de soberanía que tampoco caía mal una semana después de la toma y la retoma del Palacio de Justicia. La profesionalización de la gestión del riesgo de hecho se fortalece en ese y los desastres que le siguieron tras los terremotos de 1994 y 1999.
El punto acá no es si se puede o no politizar la tragedia, sino de qué manera y desde dónde o con quiénes. A pesar de lo costoso que resultó evitar un empalme medianamente serio y cordial, es muchísimo lo que ha avanzado el país y la región en general en materia de protocolos, capacidades técnicas y lenguajes desarrollados para las labores requeridas. Obviar lo anterior y darles prelación a figuras como las de las primeras y segundas damas encargadas del manejo de las ayudas humanitarias, aún y si se trata de las tigresas de la patria, va en contra de la institucionalidad que tanto dicen respetar.