En redes sociales, medios de comunicación y cadenas de mensajes familiares y laborales, es larga la lista de razones que circulan para no votar por Iván Cepeda.
El nivel de elaboración en los argumentos va desde la crítica a su participación en la Paz total y la incertidumbre que generan los ánimos menos sutiles de Petro a la hora de hablar de una Asamblea Constituyente –de la que Cepeda se ha desdibujado–, hasta la incomodidad que generan sus silencios y ánimos pausados, pasando por la ahora centrista Paloma Valencia gritándole que no la vaya a matar (lo que habría sido un buen tema para la agenda de discusión de su café con Fajardo), el cuello repetitivo de las camisas que usa, su sola presencia o la de su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué.
Una de las explicaciones para evitar que los que quieran y puedan voten por Cepeda se centra en su supuesto carácter dogmático. Varios analistas sostienen que representa un Petro más metódico, organizado, casi robótico, que además se la pasa hablando de hegemonía y de un tal Gramsci (como se hace comúnmente desde hace décadas en espacios universitarios entre historiadores, antropólogos, artistas, politólogos, investigadores en estudios culturales y tantas otras disciplinas). Del Cepeda estudioso que defiende los derechos humanos de las víctimas han transitado a la construcción imaginaria de un ideólogo sectario e inflexible, por supuesto, radical y fanático. Un fundamentalista. Un “apache solapado” para apelar al bilingüismo que profesa Álvaro Uribe cuando se expresa en su natural lenguaje racista.
Otra, igual de absurda y gratuita, lo ubica en un plano geométrico: el punto de no retorno. De Cepeda no se regresa. Como con Chávez, como con Ortega. “A mi juicio, no le quedan tantos días a la república” dictamina uno de los representantes más claros de esta tendencia, el vende humo profesional de Mauricio Gaona, que por estos días le saca un buen provecho mercantil a su trasnochado libro sobre el supuesto inevitable paso de una democracia a una dictadura constitucional. Es que “la democracia no muere en un cuartel, muere en un decreto” profetiza Gaona en su poesía del virreinato, para hacernos creer que sabe exactamente cómo es que Cepeda se va a transformar en el clásico tirano latinoamericano de izquierda que acabará con la democracia después de imponer una reforma constituyente. El riesgo es inminente. “Esto le cambia la vida a la gente, no por un año, sino por una generación”. Su método de investigación es infalible. Así de grave es la situación “y no lo digo como político”, le contesta Gaona a Néstor Morales, que no lo baja de “muy respetado constitucionalista” en entrevista con Blu Radio. Y que gracias a los que me quieren en su equipo, agrega heroico Gaona, pero por ahora no. Es el caso del propio Uribe, o de Abelardo de la Espriella: “se siente uno honrado”.
Y una más, que por supuesto engloba las caricaturas anteriores con que se pretende meter miedo a la ciudadanía de cara a la primera ronda de las elecciones presidenciales: si el país toma el camino equivocado, nos metemos. Tal y como lo hicimos en Venezuela… quién más que el senador republicano Bernie Moreno, que además hará parte de una veeduría electoral, para darnos clases de democracia.