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Así llamaron en el Acuerdo de Paz a los métodos de erradicación aérea de la hoja de coca con glifosato. Y ello si y sólo si la sustitución voluntaria no avanza, o más recientemente y de acuerdo con la Corte Constitucional, después de que el Estado le hubiese ofrecido programas de sustitución a las comunidades. Algo que, como bien lo documentó Dejusticia recientemente en su artículo explicativo sobre la decisión del presidente Petro de reanudar la aspersión con glifosato, no se le ha cumplido a miles de familias interesadas en transitar hacia economías lícitas.
La jugadita del gobierno la explicó recientemente el ministro de Justicia, Andrés Idárraga. En entrevista con el periódico El Tiempo, le preguntaron en qué se diferencia el tipo de aspersión con drones que adelantarán con respecto a los anteriores que ya fueron prohibidos por la Corte Constitucional. La respuesta fue un contundente y esotérico juego de palabras: “Es aspersión terrestre, no aspersión aérea”. Se hará con drones que, por definición, vuelan en el aire, pero no es aérea, es terrestre. Eureka: un cabezazo que, sobre todo, permite sobrevolar por entre los espacios grises de las normas vigentes.
Idárrraga fue más lejos con su entelequia: “Estamos hablando de drones de baja altura, una decisión técnica regulada en términos ambientales y sanitarios. Colombia está adoptando una medida complementaria, técnica y focalizada. A diferencia de la aspersión aérea, que no era focalizada, esta aspersión terrestre sí lo es”. Léase bien: los problemas ambientales y sanitarios ligados al glifosato, el tipo de peleas por las que Petro ha exigido nacional e internacionalmente que se le reconozca como un líder inspirado e inspirador, ya están debidamente solventados. Lo promete el ministro de la Justicia.
¿Y en quién se focalizará tanta maravilla técnica, que es aire y es tierra, señor ministro? ¿En la hoja de coca y en quiénes más? La respuesta, tan descarada y desesperanzadora como la anterior: “En regiones donde los narcotraficantes obligan a la población campesina a sembrar”. Repitamos: a los campesinos, dice este gobierno, los constriñen. Familias enteras que sobreviven gracias a la hoja de coca no pasan entonces de ser marionetas de la subversión. Y estas no son las usuales palabras de los ministros uribistas, son las de un gobierno de izquierda que se hizo elegir con las banderas del no rotundo al retorno del glifosato.
Pues bien, vuelve el glifosato, algo que el propio Duque siempre quiso impulsar pero nunca lo logró, entre otras cosas debido a la oposición que ejerció en ese entonces un Petro muy valiente a la hora de identificar los problemas de la política de drogas. Vuelve el glifosato y no cualquiera, el aéreo, el que se parece más al del Plan Colombia, el de la guerra química lanzada durante bastante tiempo contra el sur de Colombia (y Ecuador). “Esto nada tiene que ver con el pasado”, dice el ministro Idárraga, como si el glifosato contra los campesinos no hubiese sido ya usado como lucha antisubversiva.
El último recurso siempre fue el primero.
