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DESDE HACE VARIOS AÑOS, EMPECÉ a encontrar, cada vez con más frecuencia, que en Colombia existe una abismal distancia entre la opinión pública y la opinión publicada.
La primera, la opinión pública, es aquella que describe las tendencias de pensamiento de la comunidad o de la mayoría de ella, y se expresa a través de los canales que las sociedades tienen previstos para tal efecto: encuestas de opinión, marchas y concentraciones públicas, elecciones, demandas sociales y manifestaciones culturales, entre otras. La opinión publicada, por su parte, es simplemente la realización de un privilegio que tienen unos cuantos, que individualmente cuentan con la posibilidad de hacer notorio su pensamiento a través de la difusión que de él ofrecen los diferentes medios de comunicación social.
Es claro que nada obliga a que la opinión publicada siga las tendencias que marca la opinión pública, y que se convierta en una suerte de instrumento de adulación a lo que digan las masas, o mecanismo de repetición permanente de aquello que piensa la mayoría de una sociedad en un momento determinado. Muy por el contrario, las opiniones individuales, orientan a la sociedad, le recuerdan su historia, le advierten peligros y proponen caminos y salidas a las dificultades. La opinión publicada le sirve a la sociedad en la medida en que es capaz de ver lo que las masas son incapaces de apreciar por cuenta de las limitaciones de su naturaleza colectiva.
Pero está pasando algo extraño en Colombia, y es que la opinión publicada a veces pretende que la opinión pública se comporte, a las buenas o a las malas, de acuerdo con lo que aquélla aconseja. Algunos sectores que disfrutan de la posibilidad de poner a rodar sus pensamientos no opinan sino que juzgan, no orientan sino que confunden, y muchas veces, pierden la batalla del autocontrol cuando se percatan de que sus tesis no tienen acogida. Lo más grave es que la opinión publicada se está volviendo intolerante con la opinión pública y se enfurece cuando ésta le recuerda, a través de hechos notorios y elocuentes, que está equivocada y que las cosas no son como las pinta, o simplemente, que la decisión colectiva se orienta hacia otro rumbo. Y por ello no sobra recordar que los opinadores ocasionales o permanentes son solamente individuos que interpretan la realidad social, mientras que la opinión pública, aún equivocada o inoportuna, la configura, la construye cada día.
Por eso mismo, no debe caerse en el error de desestimar la opinión pública o creer que en Colombia hay dos realidades. Sólo hay una, la que se siente y se percibe cada día, que indica que Colombia ha tomado, ojalá definitivamente, la ruta del progreso. La otra, la opinión publicada que se enfrenta cada día a lo que sucede en las calles y en los campos, es sólo la interpretación de algunos hechos, por quienes persisten en su intento por convencernos a todos de que en Colombia no pasa lo que pasa, sino lo que a ellos les parece que sucede, o lo que es más grave, lo que a ellos les conviene.
Twitter: @NicolasUribe
