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¡Cómo han cambiado los tiempos! El 3 enero de 1999 fue arrestado y llevado a los EE. UU. el “hombre fuerte” de Panamá, Manuel Antonio Noriega. Casual y coincidencialmente, en la misma fecha de este año también fue arrestado y llevado a ese país Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. No fue un otoño para ese par de “patriarcas”, sino un invierno que los dejó fríos en ese país del norte.
La aprehensión de Noriega —conocido como “cara de piña”— se produjo luego de la invasión norteamericana a ese país iniciada el 20 de diciembre del año anterior (1998) en una operación de combate que en su momento fue considerada como la mayor desde la guerra del Vietnam. El único antecedente comparable fue el operativo, en 1965, de la República Dominicana en la cual 22.000 soldados, también norteamericanos, impidieron que Juan Bosch, presidente izquierdista, elegido pero inaceptable por ellos, asumiera el gobierno.
Desde cuando comenzaron los operativos en Panamá, Noriega desapareció y solo reapareció después en la sede de la embajada del Vaticano con la complicidad del clérigo español monseñor José Sebastián Laboa, quien había sido nuncio apostólico.
Después de diez días de estar confinado y de escuchar música rock con alto volumen y altos decibeles que le pusieron los norteamericanos para aburrirlo y afectarle los tímpanos, a las nueve de la noche del 3 enero, Noriega se puso su impecable y bien planchado uniforme, con sus cuatro estrellas de general, atravesó las cuatro puertas de hierro de la embajada y se entregó a su contraparte norteamericana, el general Maxwell Thurman, jefe del comando sur y de la fuerza invasora.
Pero, contrario a lo que sucedió con Noriega, Maduro no salió vestido de militar sino de preso. Y ¿por qué se refugió el panameño en la sede del Vaticano? No en busca de cura —no tenía—, sino porque en ese búnker estaba prohibido pegar a Nuncio.
