Estamos de plácemes con los EE. UU. A un mes de haberse iniciado el nuevo gobierno tuvimos la visita del secretario de Estado, Marco Rubio. Contrasta esta situación con la registrada en los últimos cuatro años y cuando prácticamente no hubo relaciones y solo una vez el mandatario colombiano tuvo una única reunión con su colega del país del norte. Pero los peores momentos entre ambas naciones fue hace más de cien años, luego de la separación de Panamá. Ante el fracaso de la firma del Tratado Herrán-Hay, que impulsaban los EE. UU. para concluir las obras del canal, las dos naciones no volvieron a conversar y el istmo declaró su independencia.
El tratado tuvo en el Senado colombiano la oposición del conservatismo, encabezado por Miguel Antonio Caro, quien llegó a afirmar que mal hacía Colombia en ligar a perpetuidad su suerte a la de los EE. UU., puesto que la aparente pujanza y grandeza de ese país de inmigrantes era efímera, una estrella fugaz en el firmamento de las naciones, que jamás alcanzaría la permanencia y solidez de las potencias europeas. ¡Qué tan visionario el gramático criollo!
Hubo llanto y crujir de dientes y los panameños escogieron su futuro. El gobierno de Marroquín, dándoselas de digno, no quería ninguna clase de conversaciones con los EE. UU. y poco a poco las repúblicas americanas fueron reconociendo a Panamá. Después de muchas vueltas y revueltas se firmó el tratado Urrutia-Thomson el 6 de abril de 1914, aprobado con modificaciones por la ley 56 de 1921, ratificado por los EE. UU. el 11 de enero de 1922, y por Colombia el 1 de marzo de ese mismo año. Allí se le dio una indemnización a Colombia por 25 millones de dólares. Y asunto resuelto.
El 3 de noviembre de 1953 el presidente de EE. UU. Dwight Eisenhower invitó a los presidentes miembros de la OEA a celebrar el cincuentenario de la separación de Panamá. El único que no asistió fue el dictador Gustavo Rojas Pinilla, quien se excusó con estas palabras: “Es como si fuéramos a celebrar a la casa del que se raptó nuestra hija”.