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A propósito del libro Memorias cruzadas de Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, se ha mencionado mucho a mi gran amigo Juan Francisco, hermano del primero, y quien falleció hace nueve años. Cuando yo era notario lo casé con Lorencita Santamaría. Con él nos reuníamos para almorzar en un viejo restaurante del centro, el Refugio Alpino.
El martes 23 de enero de 1996 tenía cita allí con él. El día anterior, lunes, se transmitió por TV el célebre reportaje de Yamid Amat al exministro Fernando Botero en donde aseguró que el presidente Samper sí sabía del ingreso a su campaña de los dineros del Cartel de Cali. Yo supuse que el hermano del mandatario no estaba de ánimo para compartir conmigo los afamados riñones al jerez de ese establecimiento. Sin embargo, pasadas las doce y media, Juan me llamó a la oficina, ubicada cerca del restaurante.
-Oiga, aquí lo estoy esperando. ¿Acaso creía, como otros, que Ernesto se iba a caer? ¿Creían que lo de Botero, Zea? No sea guevón, véngase.
Ante la llamada, acudí presto al lugar y cuál sería la sorpresa cuando vi que en una de las mesas estaban dos de los llamados “conspiretas” y poco a poco fueron llegando más. Al Refugio había que acudir con reserva y ante tamaña sorpresa de comensales, Juan discretamente le preguntó a don Camilo, el dueño, que desde cuándo habían hecho la reserva los vecinos. “Desde el jueves”, respondió con mucho más sigilo.
-¡Claro —me comentó Juan—, lo tenían todo preparado para festejar!
Y en un gesto de “amistad” le envío de obsequio, con el mesero, una botella de vino del mismo que estaban consumiendo. ¡Quedaron estupefactos! Y no tuvieron otra opción que abrirla, alzar sus copas y brindar con nosotros, no por la caída sino por la quedada. Años después, un día me llamó y me dijo: “Oiga, quiero verme con usted para despedirme… porque me voy a morir”. Llegó demacrado y sin el buen humor que caracteriza a los Samper Pizano.
Y así sucedió el 15 de marzo del 2007. Después de acompañar sus despojos al Cementerio Central, nos fuimos con Benjamín Medina y otros amigos a recordarlo al Refugio Alpino, en la misma mesa que él reservaba.
Allí las mesas eran reservadas, pero las conversaciones no.
