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Los resultados electorales del pasado domingo cambiaron ostensiblemente el panorama político para las presidenciales próximas. El expresidente Uribe, que en este tipo de cosas es un maestro —y que conste que no soy de sus admiradores—, logró hacer lo que nadie se imaginaba: dividir a la derecha. Con la senadora Cabal no lo habría logrado porque ella es mucho más de derecha que el autodenominado Tigre quien, por lo demás, quedó convertido en un gatico. Conseguir que Paloma Valencia volara, es mucho decir. Ella también es de derecha (“Uribe es mi papá”, no se cansa de decir), pero es conciliadora y puede buscar el apoyo del centro, que es un sector que en estos tiempos de campaña estaba huérfano, ante la displicencia e indecisión de Sergio Fajado. Y preciso, se ganaron la lotería con Oviedo, un protagonista nuevo en política, que desde su intento para llegar a la Alcaldía de Bogotá logró acercarse al inexplotado centro. Hizo parte de la llamada Gran Consulta y fue uno distinto a los demás porque fue independiente, libre pensador (“la pelea no es contra Petro, ni contra Cepeda, y hay que reconocer que Petro ha hecho cosas buenas”). Por eso logró una votación sorpresiva que lo ubica en una posición que la candidata Paloma necesita para seguir volando.
Oviedo no es extraño al Centro Democrático. Se inició con María del Rosario Guerra y fue director del Dane en el gobierno de Iván Duque, pero ha demostrado ser independiente.
Hoy el panorama es diferente. La campaña presidencial hasta ahora comienza. Está el candidato del gobierno Iván Cepeda y se perfila Paloma Valencia buscando, necesariamente, alianza con el centro. Es que este país no es de Bukeles, ni de Mileyes.
Y la gran noticia del domingo, vimos por TV en la sede de Paloma a Ingrid Betancourt, extrañamente sin el tanque de Oxígeno. Ojalá dentro de cuatro años no vuelva a cambiar el Sena parisino por el Servicio Nacional d e Aprendizaje.
