
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Históricamente no les ha ido bien a los presidentes que se han posesionado por fuera del Capitolio. Como no se había concluido la construcción de esa edificación hace unos años, los mandatarios asumían en la Catedral Primada y de ellos ninguno alcanzó a terminar el mandato. Fue el caso de José María Obando, víctima de un golpe de estado propiciado por José María Melo, quien también fue destituido y tampoco terminó. El general Tomás Cipriano de Mosquera también fue despojado del poder. A Francisco Javier Zaldúa le fue peor, porque murió. El general Gustavo Rojas Pinillla se posesionó en el propio Palacio Presidencial y entregó el poder el 10 de mayo a una junta militar que él mismo integró.
Por una disposición constitucional, las elecciones presidenciales se realizaron nueve meses antes del 7 de agosto. ¡Qué situación tan embarazosa! Con la abstención liberal, eligieron a Laureano Gómez el 27 de noviembre de 1949 y le tocó esperar los nueve meses para asumir y, a falta de Congreso —porque lo había cerrado el gobierno de Mariano Ospina Pérez—, le tocó posesionarse ante el presidente de la Corte Suprema de Justicia. Y, por consiguiente, también le fue mal. Las cosas iban relativamente bien hasta el 17 de septiembre cuando el mandatario se enfermó. Y ¡quién dijo miedo! El designado, elegido por el Congreso anterior, de mayoría liberal, antes del cierre, había elegido designado al expresidente Eduardo Santos. Previendo que pasara lo peor, Gómez expidió un decreto —calificado de inconstitucional— en donde “descabezó” al designado Santos.
Hubo necesidad de convocar elecciones para integrar al Congreso a las volandas y que este escogiera designado. Los conservadores eligieron a Robeto Urdaneta y los dos, con Laureano Gómez, fueron víctimas del golpe de estado del general Rojas Pinilla.
Ojalá el presidente De la Espriella cuente con mejor suerte que sus antecesores quienes se posesionaron por fuera del Congreso.
